Paula

Hablemos de amor: mi incondicional compañera Petunia

A veces quienes nos sostienen en los momentos más difíciles no son otras personas. Eso descubrió Valentina cuando una coneja blanca y peluda llegó a su vida.

La Petunia y yo nos conocimos en 2021: ella tenía tres semanas y yo, 28 años. Nunca había tenido un conejo. Ni siquiera lo había considerado; siempre había sido de perros.

Pero la pandemia había cambiado muchas cosas y, mientras mi relación de años parecía avanzar por inercia, empecé a sentir que faltaba algo. Un perro no era una opción viable en ese momento, así que un día llegó de regalo una coneja blanca a la que llamé Petunia.

Entonces no imaginaba el lugar que ocuparía en mi vida.

Tampoco me había planteado qué podía esperar de un conejo. Con un perro el vínculo y la reciprocidad suelen hacerse evidentes muy rápido. Con la Petunia, en cambio, no sabía qué esperar. Y para mi sorpresa, fue increíble.

Llegó a vivir conmigo un 1 de noviembre. Era una bola blanca, saltarina y escurridiza. Los primeros días casi no la vi: pasaba gran parte del tiempo escondida, lo más lejos posible de las personas. Pero, a medida que la vida empezaba a parecerse un poco más a la de antes y yo volvía de a poco al trabajo, ella también fue perdiendo el miedo. Creció, empezó a recorrer el departamento con total libertad y ya no solo aparecía cuando escuchaba abrirse el refrigerador, sino que respondía a mi llamado, me esperaba cada vez que llegaba a la casa y hasta compartíamos tardes enteras en el jardín, disfrutando juntas del viento.

Sin darme cuenta, se convirtió en el motivo por el que me alegraba volver a la casa y, de una manera que todavía me cuesta explicar, en una compañera constante que llenó un vacío que mi corazón no sabía que tenía. Así fue como entendí que la Petunia había llegado para acompañarme en mi primer gran luto: aceptar que quien yo creía que era mi compañero de vida era, en realidad, solo mi compañero de casa. Quizás por eso apareció en ese momento. Porque, aunque yo todavía no quisiera admitirlo, ese ya no era mi lugar.

Terminada esa relación de muchos años, volví a la casa de mis papás y, por supuesto, junto a la Petunia. Lo hice con la convicción de redescubrir quién era yo fuera de ese vínculo amoroso que acababa de disolverse. En medio de las dudas, la incertidumbre y las inseguridades, la Petunia me demostró que la contención no tiene forma ni tiempos correctos y que, en ningún caso, es una tarea exclusiva de los humanos.

Poco más de un año después de esa reconstrucción forzosa conocí a “G”, con quien comenzamos a salir. Era, otra vez, algo que no sabía que necesitaba. Compartíamos intereses, gustos y una forma muy parecida de mirar la vida. Ambos veníamos de relaciones largas, de planes que no resultaron y de procesos terapéuticos que nos habían cambiado, por lo que el decidir vivir juntos fue el paso lógico después de algunos meses de relación.

Encontramos una casa donde vivir nosotros, su perro Ringo, y por supuesto, la Petunia. Fueron varios meses de adaptación hasta que por fin nuestra manada comenzó a vivir en armonía. Al poco tiempo se sumó Milka, nuestra nueva perrita, y con eso nuestra familia se sintió completa. La Petunia seguía siempre ahí presente, y a su estilo buscaba los espacios para compartir con nosotros: subía al respaldo del sillón a ver tele, robaba nísperos del suelo antes que los perros pudieran darse cuenta y se encargaba, a nuestras espaldas, de dejar uno que otro cordón roto o marquitas de dientes en nuestros muebles de madera.

Pasado un tiempo decidimos cambiarnos de casa con la intención de tener hijos en el mediano plazo. Era, sin duda, un tremendo paso: volver a soñar en grande y volver a creer en ese concepto del amor incondicional y duradero. Fue así como, de a poco, las conversaciones y los planes comenzaron a convertirse en realidad, y la ilusión de ser una gran manada empezó a crecer.

En lo personal, me siento profundamente afortunada de poder vivir un amor tan sano y constructivo, con un compañero que decide a diario no solo elegirme, sino también honrarme y valorarme por quien soy. Compartir la vida con alguien que te ve con defectos y virtudes, que te sostiene cuando es necesario y que también te impulsa a crecer, es invaluable. Es una suerte que pocos tienen, y yo tuve la fortuna de encontrarla a mis 31 años. Sin duda, ese era el comienzo de mi prime: más empática, más lúcida y con más energía que nunca, llena de nuevos planes y metas por cumplir.

Y así de convencida y fuerte quiero creer que también me vio la Petunia cuando, sin previo aviso, decidió partir la madrugada del 16 de agosto de 2025.

Fue un balde de agua fría que no vi venir. No encuentro otra forma de describir lo que significó despertar ese viernes feriado y darme cuenta de que mi peluda y blanca compañera ya no estaría más.

Aunque suene tonto, nunca imaginé cómo sería mi vida sin la Petunia. Incluso hoy, mientras escribo esto, se me llenan los ojos de lágrimas al recordarla. Recién al perderla entendí lo sabia que había sido: estuvo silenciosamente acompañándome en los peores momentos. Las pocas sonrisas de esa época también se las debo a ella.

Pero también alcanzó a verme llegar hasta este estado de plenitud que durante tanto tiempo parecía imposible. Me acompañó en todo el proceso de reconstrucción y florecimiento personal, e incluso en los nuevos caminos que decidí tomar. Quiero creer que siempre supo que su tiempo sería breve y que su rol era claro: recordarme quién soy.

Hoy, a casi un año de su partida, creo que sigo viviendo el segundo luto: el de aprender a vivir sin ella. Me reconforta pensar que una parte de la Petunia sigue conmigo. No solo en las marcas de dientes que dejó en los muebles de madera, sino también en la forma en que aprendí a atravesar las pérdidas: desde otra perspectiva, agradeciendo y confiando en que al final del día el amor todo lo puede, nos mantiene vivos, nos mueve y nos salva.

A mi sigilosa, y ahora omnipresente, compañera: te pienso y te extraño todos los días. Y, de alguna manera, sigo sintiendo que estás por aquí.

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