Por Ascanio CavalloLa tercera dimensión

Hay una de azúcar y otra de agraz para el gobierno en su primer cambio de gabinete. La dulce es que el Presidente Kast decidió hacerse cargo de los problemas en su primera fila sin ceder a esas interminables agonías de otros gobiernos que se resisten a dar la razón a sus críticos, como si nunca la pudiesen tener; la amarga es admitir que hubo gruesos errores en la designación de la primera línea. Es lo mismo, visto por dos lados.
No se debería alegar inexperiencia desde este gobierno. Kast lleva ya suficientes años en la política, además de tres campañas presidenciales, como para no captar de qué se trata la designación de un gabinete. Cualquiera se puede equivocar, por supuesto. Pero los errores en el centro del proyecto de gobierno se pagan caros.
Este era el caso de la ministra de Seguridad, Trinidad Steinert, una designación de última hora decidida por un conjunto de meras apariencias. Steinert comenzó a aprender de la política ministerial después de una sucesión de pequeños bochornos, pero aún eso es demasiado tarde cuando se trata de un cargo como el que se le entregó. Para este gobierno, el Ministerio de Seguridad debería ser el Nº 1 o, dado que ese puesto ya lo ocupó el de Hacienda, a lo más el Nº 2. Eso no estaba ocurriendo, ni en la imaginación ni en la realidad. De pronto, la seguridad había dejado de ser lo que fue en la campaña: la principal razón de la emergencia.
El caso de Mara Sedini es distinto. Ella estuvo sobrepasada en su comprensión del cargo desde antes de asumirlo. Lo único que podría unirla a Steinert es que ambas tenían serios problemas de expresión y más que serios con el lenguaje. Es un inmenso escollo, porque no hay pensamiento sin lenguaje o, dicho de otro modo, la calidad del lenguaje es más o menos correlativa con la calidad del pensamiento. El gobierno no piensa de este modo, pero es lo que se vio: Steinert fue criticada y ofendida en la Cámara, anticipando una futura interpelación de pesadilla, en la que ni se podía imaginar qué podría decir. Sería asediada con facilidad, porque al Parlamento solo le impresiona el tipo de conducta y de lenguaje que practican sus propios miembros, en especial los que simulan autoridad y vehemencia; es una institución que se califica frente a un espejo. Es bastante probable que Steinert haya vivido su cesación como un alivio.
El presidente tomó la decisión, algo más rara, de no nombrar nuevos ministros. Pasó la vocería al ministro del Interior, Claudio Alvarado, cosa bastante lógica, que de paso podría demostrar que esa función no requiere el rango de un ministerio. La Secretaría General de Gobierno es parte del equipo político o no es nada; la vocería es una parte menor, que sólo se puede considerar estratégica si se cree, como los políticos chilenos, que todos los problemas políticos son “comunicacionales”. Otra cosa, por ahora desconocida, es cuál será el rango que en definitiva dará Alvarado a su ministerio.
El cambio estratégico, en verdad, es uno solo: el traslado de Martín Arrau desde Obras Públicas hacia Seguridad. Hasta donde se sabe, Arrau no es un especialista en seguridad, ni siquiera un abogado. Pero es un ejecutivo rápido, eficaz, aplicado, que puede recitar sin equivocarse las tareas de una institución compleja. Es alguien adecuado, por ejemplo, para reunir la miríada de estudios, propuestas e iniciativas que hay en seguridad, darles orden y prioridad, asignar tareas y etapas, fijarles plazos y metas. Es decir, construir un plan. Y pronto.
Un equipo de ministros, en todo caso, nunca está perfeccionado. El cambio temprano parece haber favorecido al presidente, que registró una leve alza en las encuestas, posiblemente atribuible al ejercicio de la autoridad, un recurso que ya le ha venido bien en otros casos.
Pero aquí es donde se esconde la tercera dimensión de la operación ministerial, la que nadie ve, la que permanece en la intimidad de La Moneda. La errónea elección de al menos dos ministras es responsabilidad del presidente -del individuo y de su entorno más cercano-, y ahí es donde hay que buscar la profundidad del problema con que se encontró Kast a poco más de dos meses. Más que su salida, ha sido la asunción de las dos ministras la que ha revelado un problema de enfoque, que quizás se pueda traducir como una concepción simplona de las dificultades de gobernar. Esto lo decían algunos gerifaltes de Chile Vamos antes de la primera vuelta presidencial, cuando se sentían incomprendidos por el ardor con que el Partido Republicano los acusaba de ser débiles e ingenuos. Los más enojados de ese grupo forman hoy una oposición interna harto más severa y estructurada que la de la izquierda.
Kast reaccionó con gran velocidad, eso es un hecho. No se dejó capturar por la sensiblería de las “segundas oportunidades” que por lo general inmovilizan a los gobiernos (digamos que la redujo a esas despedidas que de puro elogiosas obligan a preguntarse por qué se están yendo personas tan encomiables, tan sacrificadas, tan bienamadas de la familia) y que deterioran sutilmente la autoridad presidencial.
¿Habrá percibido Kast que en las críticas a sus dos ministras se estaba desenvolviendo también una medición de sus propias características como presidente?
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
Plan Digital+$6.990 al mes SUSCRÍBETE
















