Por Héctor Soto¿Gente como uno?
Dos interrogantes. ¿Quién le habrá dicho a Pedro Almodóvar que él, de por sí, puede ser un personaje tan interesante como para erigirse en el punto alfa y omega de todo su cine? ¿Tan contento está en sus propios zapatos que en sus últimas películas (y también en varias de las anteriores, aunque de modo más contenido) no paran de hablar de él?

Comunes y corrientes. ¿En qué radica el magnetismo de los libros de Elizabeth Strout? No es fácil saberlo, entre otras cosas porque muchos críticos desprecian su trabajo. De partida, ella cree que las personas comunes y corrientes son extraordinariamente interesantes. “Siempre me ha fascinado -dice en una entrevista a The Guardian- la idea de que cada persona que camina por la calle tiene una historia completa. Es muy interesante pensar en la gran variedad de cosas que pueden suceder en la vida de una persona, y cómo nadie lo sabe realmente, porque solo contamos partes de nuestra historia a diferentes personas, ¡y ay, yo quiero saberlo todo”. Precisamente en Cuéntamelo todo (Alfaguara, 2023, 307 pp.), la novelista hace un experimento que es muy suyo. Cruza a Lucy Burton, escritora de bajo perfil, protagonista de algunos de sus mejores libros, con la nonagenaria, hosca y siempre malas pulgas Olive Kitteridge, que fue fundamental en otros. No solo eso: a la pareja se une otra figura conocida, el abogado Bob Burgess, figura central de su libro Los hermanos Burguess, quien ahora está a punto de jubilar y volverá al foro a raíz de un asesinato. ¿Funciona el ensamblaje? Sí, claro que sí, creemos muchos. La novelista, ganadora de un Pulitzer, tiene una notable capacidad para contar historias desde la perspectiva de sus distintos personajes, y posiblemente ahí está una de las claves de su éxito. Quizás la suya no sea gran literatura. Pero sus escritos son capaces de conectar con los lectores de un modo que, además de ser infrecuente, logra una asombrosa densidad poética..
Dos interrogantes. ¿Quién le habrá dicho a Pedro Almodóvar que él, de por sí, puede ser un personaje tan interesante como para erigirse en el punto alfa y omega de todo su cine? ¿Tan contento está en sus propios zapatos que en sus últimas películas (y también en varias de las anteriores, aunque de modo más contenido) no paran de hablar de él? Más allá de estas preguntas, queda otra, también crucial: ¿Quién le va a decir que está en un error, que era broma y que por cuestiones de pudor o de control del narcisismo el cine no va por ahí? Es entre lamentable y patética la forma en que Almodóvar viene en caída libre en Dolor y gloria, en Madres paralelas, en La habitación del lado y, ahora, en Amarga Navidad. Es de no creer que estas bagatelas provengan del mismo director que en otro tiempo filmó cintas como Matador, Mujeres al borde de un ataque de nervios, ¡Átame!, La flor de mi secreto o Todo sobre mi madre, en todas las cuales -nos gustaran más o nos gustaran menos- había humor, filo, descontrol, humedad, pasión y energía. En su nuevo largometraje hay un director que se supone parecido a él, que desde luego pasa por su nonagésima crisis de inspiración, y que está filmando una película que reproduce con lógica de espejo y caras largas las penas, los dolores y los conflictos que lo asaltan a él y al pequeño grupo de personajes subalternos, sí, siempre subalternos, que vicariamente lo rodea. Se supone que el preparado se sirve como un plato frío para ilustrar las tensiones entre la realidad y la ficción. Vaya, vaya. Antes, sus películas hablaban sobre el mundo y entregaban opiniones contundentes sobre la vida. Ahora, luego de haberle crecido el ego y de encapsularse en sí mismo, el mundo de Almodóvar cabe en una caja de fósforos. Aparte de aburrido, muy deprimente.
Verdades movedizas. Es difícil encontrar una historia familiar donde no existan vetos, silencios, episodios en la penumbra, represiones y páginas supuestamente olvidadas. A menudo, hasta en las relaciones más nobles e incondicionales, hay un lado B que suele hacerse presente cuando menos se espera y en las circunstancias más adversas, como la vejez, las crisis o la enfermedad. Es muy probable que en el caso de las familias inmigrantes o repartidas por el mundo este fenómeno se multiplique por dos. Lo terrible, pero también lo bueno y desafiante, es que este caudal configura un todo mayor, una especie de acervo emocional del cual provenimos y con el cual más conviene estar en paz para procesarlo y asimilarlo. Después de todo, también eso es parte de nuestra identidad. A raíz de síntomas terminales de la salud de su padre anciano, Andrea Kotow, académica, doctora en historia de la medicina, tira los hilos del pasado familiar en su libro La verdad también se mueve (Hueders, 2026, 140 pp.) hasta dar con verdades que se callaron en su familia y antecedentes que desconocía, en una suerte de viaje introspectivo que -más que clarificar la vida de sus padres y abuelos y más que enjuiciarlos- busca entenderlos, porque a partir de ahí incluso se entenderá mejor ella misma. Para ese viaje introspectivo -difícil, revelador, doloroso casi siempre- la autora se blinda en la frialdad de un lenguaje casi clínico, apela a Freud y las herramientas de la psicología, pero se hace acompañar en su indagación por autores como Kafka, Philip Roth. Canetti, Knausgard, J.R. Aukerley o Natalia Ginzburg, entre otros. Esta conexión con la ficción puede ser no solo lo más revelador, sino también lo mejor del libro. La literatura suele iluminar espacios que hasta la propia ciencia muchas veces oscurece.
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