¿Qué hacer con Codelco?

SEÑOR DIRECTOR:
Arturo Squella osó desafiar el más sacro tabú de nuestra escena política: la propiedad de Codelco: “Me encantaría que se vendiera una parte y entraran directores que solo respondieran a perseguir la rentabilidad […] En ningún caso plantearía que el Estado pierda el control”.
Las reacciones confirmaron que la sola mención equivale a pisar un avispero. Álvaro Elizalde afirmó que el PS ni siquiera debiera concurrir al diálogo porque en el oficialismo “no tiene ninguna voluntad de acuerdo con la oposición, porque actúan sobre la base de dogmas, con una visión sobreideologizada”. La diputada Gael Yeomans fue más lejos: “Me parece inaceptable que el presidente del Partido Republicano siquiera piense en la privatización de Codelco”. La policía del pensamiento en acción.
La principal objeción a priori suena razonable: se trataría de una medida cortoplacista, “pan para hoy, hambre para mañana”. Pero aplicar ese principio en forma ciega, sin evaluación caso a caso, conduce al absurdo de que toda venta de activos productivos es siempre desventajosa para el vendedor. En Exxon fueron unos lesos al vender Los Bronces, y en Angloamerican unos tontorrones al enajenar Mantos Blancos y Mantoverde.
Es obvio que la conveniencia de la venta de “vacas lecheras” debe evaluarse en cada caso. En lo referido a parte de la propiedad de Codelco depende fundamentalmente de a) si acaso el Estado puede o no lograr más rentabilidad social en otra área —educación, infraestructura, innovación— con la fortuna que recaudaría, y b) relacionado, del impacto del ingreso de privados en la calidad de la gestión y el financiamiento para inversiones. Respecto a lo segundo, es notorio cómo los desincentivos de los políticos a capitalizar Codelco han quedado de manifiesto con las quejas de parte de la oposición a la decisión de mantener todas las utilidades del 2025 en la empresa.
Ninguna de esas respuestas es obvia. Negarse siquiera a debatirlo recuerda más a inquisidores persiguiendo apóstatas que a políticos que se autoproclaman progresistas.
Joaquín Barañao
Pivotes
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