Por Nicolás FernándezNunca fue tan fácil no pensar
Según el PR de Anker Innovations Chile, delegar nuestras decisiones cotidianas, creativas y hasta afectivas a la inteligencia artificial está atrofiando nuestra capacidad de razonar. El verdadero peligro de la automatización no es una rebelión de las máquinas, sino que los seres humanos olvidemos cómo tomar el control cuando haga falta, escribe en esta columna.

Hay una conversación que no estamos teniendo. Hablamos mucho de inteligencia artificial. De los empleos que se van a perder, de lo que viene, de si el apocalipsis robot es chiste o profecía. Pero hay algo más inmediato y bastante más incómodo que casi nadie nombra: le estamos entregando el volante a la máquina. Y mientras tanto, nos olvidamos de manejar.
Pregúntele a cualquier persona menor de 35 cómo ir de Ñuñoa a Quinta Normal sin el teléfono. La mayoría duda. Algunos se ríen, como si la pregunta fuera trampa. Waze no solo nos ayuda a llegar -nos liberó de tener que saber dónde estamos-. Eso parece un detalle menor. Pero no lo es.
En la aviación esto tiene nombre. El piloto automático redujo accidentes, sí. Pero convirtió a los pilotos en supervisores de pantallas. Cuando el sistema fallaba y tocaba volar a mano, algunos simplemente no podían. El músculo se había atrofiado. Eso está pasando ahora. Solo que en todo.
En agencias de Santiago se generan campañas enteras con IA antes de que alguien haya tenido una idea propia. Hay periodistas que arman notas sin hacer una llamada. Programadores que suben código que no entienden. No porque sean malos profesionales. Más bien porque saltarse el proceso se vuelve tentador, después obligatorio, después normal.
La educación es donde esto se pone más feo. Trabajos generados por IA que los estudiantes entregan sin haber leído. Tareas donde lo que importa es tener el archivo listo, no haber pensado nada en el camino. Ese proceso lento y frustrante de construir un argumento aunque quede mal -ese es exactamente el que se está cortocircuitando.
Y hay algo todavía más inquietante: gente que le pide a ChatGPT que le escriba mensajes a su pareja. O el texto para el cumpleaños de un amigo. Entiendo la lógica. Pero hay algo que se pierde. Algo difícil de nombrar y fácil de sentir cuando estás del otro lado y el mensaje suena demasiado perfecto. Demasiado de nadie.
La paradoja es brutal: más acceso a información que en toda la historia humana. Y nunca fue tan fácil no pensar.
Los pilotos comerciales practican vuelo manual de forma periódica aunque el avión funcione perfecto. Saben que el día que el sistema falle, alguien tiene que saber qué hacer. Mantienen el músculo vivo por las dudas. Escribir tus propios mensajes, leer sin que nadie te resuma, intentar resolver algo antes de preguntarle a la máquina -suena ridículo-. En 2026, es casi subversivo.
La inteligencia artificial va a ser central en los próximos diez años. No tiene ningún sentido resistirla. Pero asumir que el balance siempre sale a favor, que no hay nada que perder en esta transacción, también sería ingenuo.
La automatización no solo cambia el trabajo. Cambia la mente.El riesgo no es que la tecnología falle. Es que cuando falle, miremos alrededor y no haya nadie en la cabina que sepa pilotear.
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