Por Alejandro JofréSobre cómo terminé en una fiesta con Paris Hilton
Hay algo profundamente extraño en los lanzamientos “tech”, una especie de limbo donde las ideas se doblan como esos teléfonos que nos llevaron a ver a Los Ángeles.

Uno viaja para convencerse que el mundo todavía es capaz de ofrecer algún simulacro de novedad. O quizás viaja, simplemente, porque Motorola decide que un puñado de plegables y un poco de brillo Swarovski son excusa suficiente para cruzar el continente. Salí de Santiago con el escepticismo de quien sabe que la tecnología es, a menudo, la forma más sofisticada del aburrimiento, pero Los Ángeles tiene esa insistencia en el espectáculo que termina por doblegar a cualquiera.
De día, nos soltaron en Trousdale Estates. Es un barrio en Beverly Hills donde las casas no se construyen: plantan cara, se exhiben. La “Mansión Motorola” se erguía custodiada por una piscina que parecía un plagio -o un homenaje, en este mundo todo es lo mismo- de la tapa de Californication de los Peppers. Desde las colinas de Santa Mónica, Los Ángeles se ve como una alfombra que oculta, con piadosa eficiencia, la neurosis de sus habitantes.
De noche, el dress code era el Smart Casual Attire. Un oxímoron, por supuesto: nadie es inteligente cuando intenta ser casual por decreto. A falta de alfombra roja, allí mandaba el Orient Blue, ese azul intenso que Pantone ha decidido que debemos desear esta temporada.
La arqueología del deseo
Antes del brillo, hubo un momento para la nostalgia. En vitrinas que parecían urnas sagradas, Motorola exponía sus reliquias: el Razr V3, ese objeto que, allá por los dos mil, usaban las chicas que te gustaban, y el MicroTAC y el Iridium 9500, aparatos con la sutil ligereza de un ladrillo. Piezas de museo que, si se caían, obligaban a pedirle perdón al suelo.

De pronto, el apagón. La luz se retira para que entre el mito. Una pasarela irrumpe con la estética nerviosa de un videoclip de Madonna, esa señora que inventó la idea de que todo puede ser una superficie. La tesis de la noche era clara: el teléfono ya no es una herramienta para comunicarse -porque ya casi nadie se habla- sino un accesorio de la personalidad. Puro hardware con pretensiones de coolhunter.
El asalto de la heredera
Uno ya no viaja para descubrir mundos, sino para ver cómo otros los inventan. Cuando los bajos empezaron a saturar el aire, el ambiente se espesó. Y entonces, el clímax: Paris Hilton. Apareció desfilando con esa parsimonia de quien nació sabiendo que el resto la está mirando. Compartió alfombra con Natalia, la hija del fallecido Kobe Bryant, y gente como Avan Jogia, Isan Elba y Catarina Tourinho. Los influencers y creadores de contenido -esa nueva especie que no vive los hechos, sino que los captura para ver si existieron- se lanzaron sobre ella como polillas hacia un neón particularmente brillante.

Pero Paris no venía solo a posar. Tomó el control de la fiesta por asalto. Se instaló tras las bandejas, se calzó los auriculares y se convirtió en la DJ de su propio evento, donde mezcló y bailó temas de Patrick Topping y Earps.
Verla allí, procesando el ritmo de una ciudad que la adora y la consume, apenas unos días después de Coachella, fue entender algo sobre nuestro tiempo. Paris es la personificación del estilo que no pide permiso. Y Motorola entendió que para vender un objeto plegable no hace falta explicar cómo se hizo una bisagra, sino capturar ese aura.
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