Paula

Inyecciones para bajar de peso: ¿cuánto estamos dispuestas a sacrificar?

El uso de análogos GLP-1 para bajar de peso, abre nuevas preguntas sobre la forma en que entendemos y tratamos el peso corporal. Más allá de los kilos perdidos, es importante mirar los riesgos de un enfoque que puede terminar priorizando el adelgazamiento por sobre la salud, la relación con la comida y el bienestar de las personas.

Catherine empezó a usar un análogo de GLP-1 por un problema metabólico y respondió muy bien a la dosis mínima. Sin embargo, el foco del tratamiento pasó de lo metabólico a la pérdida de peso y su endocrinólogo decidió aumentar la dosis. Con el aumento aparecieron varios malestares, pero la indicación fue que debía aguantarlos porque todavía “necesitaba” bajar de peso.

En los últimos años, los análogos de GLP-1, conocidos también por marcas como Ozempic, Wegovy y Rybelsus, se instalaron con fuerza en la conversación sobre peso y adelgazamiento. Aparecen en redes sociales, trends y conversaciones cotidianas, muchas veces asociados a las transformaciones corporales de celebridades. Pero su historia comenzó bastante lejos de ahí.

Fueron desarrollados inicialmente para tratar la diabetes tipo 2 y se convirtieron en una alternativa para personas que necesitaban mejorar su salud metabólica, incluso después de utilizar otros tratamientos y abordar aspectos como alimentación, actividad física, descanso, estrés y salud mental.

Con el tiempo se observó que también disminuían considerablemente el hambre y la ingesta. La consecuente baja de peso abrió una nueva línea de investigación y algunos comenzaron a aprobarse para personas categorizadas con “sobrepeso” u “obesidad”.

Y así llegaron a una sociedad que lleva décadas obsesionada con adelgazar.

Catherine llegó a mi consulta por dificultades con la alimentación y la imagen corporal, y me autorizó a compartir su experiencia.

“Empecé a usar un análogo de GLP-1 por un problema metabólico y con la dosis mínima tuve una muy buena respuesta. Después el objetivo pasó a ser que bajara de peso y el endocrinólogo me fue aumentando la dosis. Llegó un momento en que prácticamente no sentía hambre. Además, soy neurodivergente y me cuesta reconocer mis señales corporales, así que podía pasar muchas horas sin comer. Luego empecé a vomitar con ciertos alimentos, me sentía fatigada y varias veces sentí que casi me desmayaba. A pesar de eso, la indicación era que tenía que aguantar porque todavía necesitaba bajar de peso. Ahí sentí que dejó de importar cómo me estaba sintiendo y que lo importante era que adelgazara”.

El discurso médico sobre el peso se ha vuelto aparentemente más empático. Ya no siempre es el profesional que reta a su paciente porque “no se cuida”. Ahora escuchamos que “la obesidad es una enfermedad”, que “no es tu culpa” o que “nadie elige tener obesidad”. Cambió el tono, pero muchas veces la indicación sigue siendo la misma: hay que bajar de peso.

Y estamos hablando de personas que llevan años recibiendo comentarios sobre sus cuerpos, intentando dietas, viviendo discriminación y sintiendo que hay algo en ellas que deberían cambiar. Es comprensible que muchas quieran adelgazar. No me corresponde juzgar ese deseo.

Lo que sí nos corresponde a quienes trabajamos en salud es preguntarnos qué hacemos con él. Tratar a una persona con amabilidad mientras seguimos reforzando que su cuerpo necesita ser corregido no rompe con el pesocentrismo, solo lo hace sonar más amable.

Cuando hablamos de kilos perdidos pocas veces nos preguntamos qué se está perdiendo junto con ellos. No todo lo que desaparece de la balanza es grasa. Estudios sobre composición corporal han encontrado también una disminución de masa magra durante estos tratamientos, y comer considerablemente menos puede dificultar que se cubran las necesidades de proteínas, vitaminas y minerales.

Tampoco podemos asumir que dejar de sentir hambre o comer cada vez menos es necesariamente un buen resultado. Sabemos poco sobre qué ocurre cuando estos medicamentos son utilizados por alguien que ha sido dietante crónico, tiene una relación conflictiva con la comida o con su imagen corporal y, en casos más graves, tiene o ha tenido un trastorno de la conducta alimentaria (TCA).

Una revisión publicada en 2023 advertía que todavía existen muchas preguntas sobre su uso en esta población. Más recientemente, especialistas han planteado la importancia de conocer estos antecedentes antes de indicarlos y tener especial cuidado cuando existe un trastorno alimentario activo.

Parte del problema es que todavía asociamos la anorexia nerviosa con cuerpos extremadamente delgados. Es el estereotipo que hemos visto durante décadas en películas, medios de comunicación e incluso campañas de prevención. Por eso, una restricción alimentaria grave puede pasar mucho más inadvertida cuando ocurre en un cuerpo más grande.

Pasar muchas horas sin comer, restringir la alimentación o perder peso rápidamente puede preocuparnos en una persona delgada y ser motivo de felicitaciones en una persona gorda. El diagnóstico no debería depender del tamaño corporal.

También se está estudiando el uso de estos medicamentos en personas con trastorno por atracón. Algunos trabajos han encontrado una disminución de los episodios, aunque la evidencia todavía es limitada. De hecho, uno de los pocos ensayos clínicos aleatorizados encontró una reducción tanto con el medicamento como con placebo, sin diferencias significativas entre ambos grupos.

Como explica Paulette Bernal, psicóloga especializada en conducta alimentaria, “un atracón no se explica solamente por hambre ni se trata simplemente evitando que ocurra. Hay que trabajar la restricción que muchas veces lo precede, la culpa, las emociones, la imagen corporal, el miedo a engordar y la relación con la comida”.

En consulta veo pacientes que cuentan que el impulso de comer no necesariamente desaparece. Muchas veces lo que cambia es cuánto pueden comer porque físicamente ya no toleran las mismas cantidades. Al suspender el tratamiento, los episodios pueden reaparecer porque aquello que los sostenía nunca se trabajó.

Que físicamente cueste más comer no significa que el problema esté resuelto.

No todas las personas pueden mantener durante meses o años un tratamiento de este valor. Si parte de sus efectos depende de seguir utilizándolo, ¿qué pasa cuando alguien tiene que suspenderlo porque simplemente ya no puede pagarlo?

Y mientras estos medicamentos ocupan cada vez más espacio en la conversación sobre el peso, también crece un mercado alrededor de ellos. Laboratorios financian congresos, actividades educativas, comidas y viajes de profesionales de la salud, algunos de los cuales posteriormente pueden prescribir sus medicamentos. Esto no invalida un tratamiento ni significa que cada profesional actúe por intereses económicos, pero esos vínculos deberían ser transparentes.

Los análogos de GLP-1 pueden ser herramientas útiles e incluso necesarias para muchas personas. El problema aparece cuando adelgazar comienza a importar más que lo que está ocurriendo con la persona durante el tratamiento.

Catherine había respondido bien al tratamiento por el problema que la llevó a consultar. Pero eso dejó de ser suficiente cuando apareció otro objetivo: que además bajara de peso.

¿Cuánto deterioro estamos dispuestos a aceptar mientras la balanza siga bajando?

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