Por Tomás CasanegraSi queremos ser dueños, actuemos como dueños

El CEP dio a conocer un estudio sobre empresas estatales en que recomienda a cada una de ellas contar con una justificación clara, verificable y públicamente disponible para su existencia como tal. Estando de acuerdo con la intención, cambiaría la causalidad: si no cuentan hoy con una justificación clara, verificable y públicamente disponible para su existencia como empresa estatal, quizás no debieran serlo. Y si un gobierno requiere hacer una jornada de reflexión, contratar un consultor o usar la expresión “empresa estratégica” para explicarse a sí mismo y a los demás por qué el Estado es dueño de esa empresa, la misma cosa, quizás no debiera serlo en primer lugar.
Las casi treinta empresas estatales chilenas comprenden un popurrí de negocios (y malos negocios) que van desde mineras a canales de televisión, y desde bancos a casas de apuestas. La única estrategia nacional que deduzco de ello es: Estado de Chile, dueño de cualquier cosa.
Lamentablemente, hay un interés político general, y de la izquierda en particular, por un Estado empresario. Lo curioso de este interés es que nadie pareciera querer ser dueño por las razones que una persona normal quiere serlo: hacer rentable un negocio y poder ganar plata como accionista a partir de ello. Más bien, es ser dueños para ser empleados, o mejor dicho, directores y ejecutivos bien pagados que no arriesgan ningún tipo de capital ni serán evaluados por su desempeño. Pasarlo mal, tener noches de insomnio o no recibir el bono porque la empresa pierde plata o se está endeudando como condenada pareciera no estar en la descripción laboral. Bonos por hacerse trampa en el solitario, pareciera que sí.
Una empresa estatal es, por diseño, el mayor problema de agencia que un economista pudiera imaginar. En economía, los problemas de agencia surgen de la imposibilidad de alinear completamente los intereses de la administración con los intereses de los dueños. Y en este caso la culpa no es solo de políticos que usan estas empresas para lo que les interesa, que es la política y otras cosas más, sino también de los dueños, nosotros, que romantizamos con tener una empresa de “todos los chilenos” (el emoji de la cara invertida va aquí). Si todos los meses hiciéramos visible que estamos mandando un cheque para mantener nuestras empresas vivas, o estamos implícitamente garantizando sus deudas a través de impuestos que pagaremos en el futuro, el romanticismo se acabaría inmediatamente. La combinación “dueño que no le importa su empresa y administrador que le importa menos” es nefasta: fórmula garantizada para convertir hasta el mejor negocio en un fiasco.
Ya que nadie puede cambiar un sentimiento por muy irracional que sea (“empresa estratégica de todos los chilenos”), me limito a señalar un pequeño ejemplo reciente de empresa estatal que espero sea la tónica para las demás. Codelco hizo públicos dos informes. Uno en que transparentó algo que he comentado en este espacio y es evidente para cualquiera que sepa leer estados financieros: sus excedentes (el sueldo de Chile en jerga romántica) no es algo para sacar pecho, es deuda, deuda que una empresa con flujo de caja negativo solo puede servir con más deuda, y finalmente con un dueño que se ponga. Particularmente preocupante con un cobre a precio histórico. El otro informe, íntimamente relacionado con el anterior, muestra cómo los costos de Codelco superan con creces los de las restantes mineras nacionales e internacionales.
Transparencia para mostrar dónde está la empresa hoy es el primer paso; el segundo, que requiere muchísimo más esfuerzo, es tomar las medidas correctivas al respecto. Me quedo con algo que se dice en esos informes: “El principal desafío no es ejecutar más y más inversión, sino capturar el valor esperado de las inversiones realizadas”. Inversión que no renta, no es inversión, es gasto. Lo mismo se aplica a las empresas.
*El autor de la columna es Ingeniero Civil de la PUC y MBA The Wharton School
(@tomcasanegra)
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