Por Ignacio OlivaresPuro Filin
Los críticos aplaudieron el disco, pero también tomaron algo de distancia: extrañaban el hambre de innovación y creatividad que la saxofonista había exudado en sus grabaciones anteriores. Quizás no entendieron el punto: la balada era el eje evolutivo que le faltaba a Melissa Aldana en su trayectoria y que le abre un nuevo camino.

Melissa Aldana vive un año intenso dentro de su gran momento en el jazz contemporáneo. Además del centenario de John Coltrane, que la ha tenido muy activa en conciertos y tributos, lanzó el octavo álbum de su catálogo (y el tercero para Blue Note), un giro copernicano respecto de lo que venía mostrando desde su debut en 2010. Con Filin, la saxofonista nacional abandonó su zona de confort y se lanzó al vacío con un ejercicio de contención y arqueología musical en partes iguales. Melissa no construyó su identidad musical desde el folclor chileno ni se considera deudora del género: no deberíamos esperar de ella un disco de guarachas y cuecas choras en el largo plazo. Pero el interés por las raíces igual existe y las terminó explorando de una forma tangencial. Ella siempre quiso grabar un disco de baladas —tiene como faro el Ballads de Coltrane—, pero esta vez se alejó del repertorio de standards y ajustó la brújula hacia el Caribe. La idea fue del pianista Gonzalo Rubalcaba, una suerte de Bill Evans cubano: había que rescatar el “filin” de la isla, sacarlo de su mausoleo y darle un sonido fresco. Este subgénero, que toma su nombre del “feeling”, bebe de la trova y el bolero mientras se somete a las estructuras armónicas del jazz. El filin brilló en los años de la posguerra y perdió fuelle tras la Revolución cubana, aunque sus grabaciones más emblemáticas se habían hecho en México, donde emigraron algunos de sus cultores. Melissa Aldana, siempre metódica y estudiosa, escarbó para armar una lista sólida de canciones. También se dedicó a transcribir a los cantantes: absorbió las inflexiones, los fraseos, las respiraciones y el peso de la palabra en español sobre la armonía. Aunque Melissa suele cocinar sus bandas a fuego lento y sostenerlas por años hasta sacarles un sonido propio, aquí fue a contrapelo y armó un grupo nuevo. El único sobreviviente de su combo habitual es el baterista Kush Abadey. Junto a él convocó al propio Rubalcaba y al bajista Peter Washington, además de la cantante Cécile McLorin Salvant —su compañera en el colectivo Artemis— quien canta dos temas en buen español, a pesar de no ser su lengua materna. El productor no es otro que Don Was, un todoterreno de la industria y, desde 2012, presidente del sello Blue Note.

La primera canción fija el tono: “La sentencia” es una suerte de bolero noir que muestra al grupo en una renuncia colectiva al servicio de la canción. La balada es la prueba de fuego de cualquier tenorista. Es un acto de paciencia: los recursos técnicos sobran si no logra descifrar la médula del tema y llegar al límite del susurro. Melissa logra contenerse y se mueve en todo el álbum como un transeúnte nocturno. También se dio la licencia de integrar a “Little Church”, un imperdible del brasileño Hermeto Pascoal que Miles Davis incluyó en su disco eléctrico Live-Evil de 1971.
Los críticos aplaudieron el disco, pero también tomaron algo de distancia: extrañaban el hambre de innovación y creatividad que la saxofonista había exudado en sus grabaciones anteriores. Quizás no entendieron el punto: la balada era el eje evolutivo que le faltaba a Melissa Aldana en su trayectoria y que le abre un nuevo camino. Rubalcaba, de cierta forma, le prestó unas raíces que no eran las suyas, y ahí encontró algo que el folclor propio nunca le había ofrecido. Un logro desbloqueado. (Nota al margen: la última vez que vi a Rubalcaba en concierto fue en el Teatro Municipal de Santiago, la noche del 18 de octubre de 2019. Vaya noche.)
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