Culto

Catedrales: lo que dejamos a oscuras

Aunque a veces tambalee, Catedrales (Prime Video) no se derrumba. Se mantiene en pie, no tanto por su estructura o su simetría, sino por las grietas que deja a la vista.

Catedrales: lo que dejamos a oscuras

¿Cuándo se cierra un duelo? Seguramente, nunca. Los procesos, el dolor y la búsqueda de un sentido, suelen ser inextinguibles. También una fuente inagotable de relatos que la ficción sabe reconocer y retratar muy bien. Porque siempre, al otro lado de la pantalla, hay alguien con sus heridas abiertas, que quizás encuentre una suerte de alivio en esa historia ajena.

Esa pulsión es la que mueve Catedrales, miniserie chilena de seis episodios estrenada en Prime Video, que cruza duelo con impunidad, mandatos familiares con hipocresía social y abuso de poder con pactos de silencio. Todo atravesado por otro tema infalible: la fe. Que aunque a veces luzca como una catedral, se parece más a un castillo de cartas, de esos que se derrumban al primer soplido.

Codirigida por la chilena Pepa San Martín (Rara) y la argentina Fabiana Tiscornia (La reina del miedo), y basada en la novela homónima de Claudia Piñeiro, la producción se mueve entre dos dimensiones temporales. En el Santiago de 1986, Adolfo Sardá (Alfredo Castro), su mujer Dolores (Paulina García) y sus hijas Carmen (Paula Luchsinger) y Lía (Vivianne Dietz) se enteran de que Ana (Octavia Bernasconi), la menor de la familia, ha sido encontrada muerta y descuartizada. En 2018, Lía (Ignacia Baeza) regresa a Chile para visitar a su padre enfermo y se reencuentra con Carmen (Amparo Noguera), el ex seminarista Julián (Marcelo Alonso), y su sobrino Mateo (Clemente Rodríguez).

El crimen sigue impune y las respuestas, inconclusas. Entonces, Lía y su padre, deciden escarbar en el pasado y hacer justicia por la muerte de Ana. Así, aparecen personajes claves, como Marcela (Carolina Kopelioff), amiga de infancia de Ana, y el investigador Elmer García (Pablo Cerda). Junto a ellos, gravitan fantasmas de ambos tiempos, entre secretos, rezos y falsa moral.

Catedrales, la nueva serie chilena de Prime Video

La fuerza de Catedrales está en su paradoja visual. Los años 80 en Chile, un período más conservador, profundamente religioso y atravesado por la represión y la falta de libertad, aparecen retratados con colores cálidos, saturados y luminosos. Como un sueño adolescente visto a través de la energía desbordante de Ana, que baila Take on Me con su walkman, todavía ajena a los secretos que la rodean. Y también a su propio destino.

Esta dimensión se contrapone al 2018, donde a pesar de la apertura y los avances en las libertades individuales y colectivas, Ana y sus colores ya no existen. Las casas, las calles y los árboles parecen haber perdido sus formas, para ser parte de una fachada continua. Un tiempo suspendido donde pasaron los años cronológicos, pero el fluido vital se detuvo, atrapado en un presente monocromático.

La serie crece cuando se acerca a las fisuras de sus personajes: el joven seminarista Julián (Giordano Rossi) y su crisis de fe, Carmen y su pasión reprimida, Dolores y el conflicto entre el amor maternal y la frialdad del deber ser. Lía, que esconde sus heridas pero que, al mismo tiempo, busca alguien que las cure. Los únicos que parecen fluir son Ana y Alfonso. En una realidad donde, al parecer, ser libre es el acto más peligroso.

Todo esto aleja a la producción de ser un thriller más, con los ingredientes canónicos del género: asesinato, victimario desconocido y desfile de sospechosos. Desde ese lugar, la propuesta funciona y consigue lo esencial: querer ver el capítulo siguiente.

Aunque a veces tambalee, Catedrales no se derrumba. Se mantiene en pie, no tanto por su estructura o su simetría, sino por las grietas que deja a la vista. Por quienes entran y salen de sus distintos espacios, inquietos, inconformes, en busca de una luz. Y, como el dolor de la pérdida, en constante reconstrucción.

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