Opinión

Perú y sus tres mitades

Sería muy simplista dividir a la sociedad peruana en dos mitades. Los ajustados resultados electorales, que sistemáticamente dan la victoria a un candidato por pocos miles de votos sobre el otro, es un artefacto del balotaje. Es un ejercicio de simplificación electoral que merece escrutarse. El padrón electoral peruano suma 27 millones de personas hábiles para ejercer su derecho al sufragio. En la primera vuelta de abril, Keiko Fujimori, del partido de derecha Fuerza Popular, estuvo cerca de los tres millones de votos; Roberto Sánchez, el líder de la coalición izquierdista Juntos por el Perú, apenas pasó los dos millones. El 17% y 12% de los votos emitidos, respectivamente, condujeron a una segunda vuelta en la que 22 millones tuvieron que votar por un candidato que no figuraba entre sus prioridades. Elegir el menos malo, el peor es nada, el que pasa piola. Así se ha institucionalizado el mal menor.

El resultado el domingo fue un país dividido en tres, cada cual en nueve millones de personas. Un tercio anticomunista terminó endosando su apoyo a Fujimori; un tercio antifujimorista, a Sánchez, y el tercio restante, a ninguno de los dos (votos nulos, en blanco y ausentismo). No se trata, pues, de un país polarizado en torno a identidades positivas, como es el caso colombiano. En la primera vuelta en Colombia, celebrada el 31 de mayo, cada uno de los finalistas, el derechista Abelardo de la Espriella y el oficialista Iván Cepeda, obtuvieron, cada cual, más del 40% de votos emitidos. El caso peruano es una polarización de identidades negativas (de cada bando y del sistema en su conjunto) que moviliza detractores antes de seguidores, lo cual otorga baja legitimidad al nuevo gobierno, sin luna de miel ni respiro.

De hecho, el parecido con la política chilena es notable. Un tercio de quienes rechazan a los herederos del autoritarismo (el pinochetismo y el fujimorismo), un tercio de quienes rechazan a la coalición izquierdista (el PC y el Frente Amplio chileno, la izquierda chola peruana), y un tercio anticasta (“ni facho ni comunacho”). Es la crisis de representación, hermanos.

Por Carlos Meléndez, profesor del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa.

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