Paula

Ser madre con trastorno bipolar

Cuando Nicole Salvatierra decidió convertirse en madre, sabía que debía enfrentar desafíos adicionales debido al trastorno bipolar afectivo (TAB) con el que fue diagnosticada hace una década. Esa experiencia marcada por decisiones complejas como la suspensión temporal de su tratamiento para buscar un embarazo, los riesgos asociados al posparto y los prejuicios que aún rodean a esta condición de salud mental, son el eje de "Maternidad con un diagnóstico de trastorno bipolar: El antes y después de tu llegada", un libro autobiográfico publicado de forma independiente y con acceso gratuito, en el que la periodista chilena combina su historia personal con antecedentes científicos para visibilizar una realidad poco abordada y contribuir a derribar los estigmas asociados a la bipolaridad. Aquí, parte de su historia en primera persona.

“Soy la segunda de cinco hermanas de una familia que creció en la comuna La Cisterna, al sur de Santiago. De niña fui alegre, estudiosa, con alma de exploradora, pero también muy introspectiva y sensible. Mi primera depresión llegó temprano, a los diez años, cuando la crisis asiática golpeó la economía familiar. A mis hermanas y a mí nos cambiaron de un colegio particular inglés y laico a uno subvencionado de monjas estrictas. Además, mi madre entró a trabajar y eso terminó por romperme el corazón. Tal vez esa depresión infantil fue el primer episodio de mi trastorno bipolar, una condición compleja y hereditaria que pueden desencadenar los cambios abruptos.

En una casa numerosa el amor se reparte, y yo siempre quería estar pegada a mi madre. Su ausencia y el bullying en el nuevo colegio me obligaron a cambiar y aumentaron mi melancolía. Oculté ese dolor a mis padres; no quería molestar y me daba vergüenza pedir ayuda o mostrarme frágil. Esa autoexigencia -que he trabajado en diez años de terapia- me llevó a soportar a los 25 años una depresión con psicosis que también oculté a mi entorno. Este cambio de ánimo empezó en 2014, primero con una energía desbordante que me hizo vivir meses alocados entre la intensidad del trabajo, las fiestas y el sexo. Luego vino un periodo de decaimiento y decisiones drásticas: decidí renunciar al diario donde trabajaba hacía cinco años como periodista de Crónica.

El bajón llegó con una voz interna que me ordenaba abandonar todo, irme del país y brillar como la persona excepcional que supuestamente estaba destinada a ser. En mi lucidez, me preguntaba cómo podía sentir ese mandato si estaba enamorada, por primera vez, en una relación saludable. La voz decía que si no me atrevía a escapar, tenía que suicidarme. Un día no pude más. El 5 de octubre de 2016 me senté por primera vez frente a una psiquiatra. Casi un año después, ella me dio el diagnóstico de trastorno bipolar tipo II; es decir, con una tendencia mayor hacia la depresión que hacia la hipomanía.

Los detalles de cómo las depresiones severas desarmaron mi vida y reorientaron mis planes están en mi libro “El antes y después de tu llegada: Maternidad con un diagnóstico de trastorno bipolar”, una crónica testimonial que dejé de lectura libre en Elantesydespuesdetullegada.cl. Nunca pensé que el hilo conductor de esta obra, que fue mi tesis de magíster en Escritura Narrativa en la Universidad Alberto Hurtado, sería el nacimiento de mi hija Gabriela, que hoy tiene un año y tres meses.

En 2023 entré a ese programa con la idea de escribir sobre diferentes historias de personas con trastorno bipolar. Todas las entrevistas que les hice a los integrantes de los Grupos de Apoyo Mutuo de la Fundación SomosTAB -donde soy directora de Comunicaciones- quedaron guardadas en un cajón para un próximo proyecto. Hoy me alegra recibir comentarios de las lectoras que hace ocho años me siguen en la página de Instagram @sentirbipolar, donde empecé a relatar mi historia para entender la enfermedad y vencer el miedo a recaer. Al compartir este testimonio reflejo lo que muchas mujeres con este diagnóstico sienten al desear ser madres: tememos recaer por los cambios del embarazo y la crianza. Para mí, el cuidado puede contra cualquier mal pronóstico.

Pese a que viví un embarazo planificado y feliz -porque al fin me sentía estable para cumplir mi sueño-, tuve que retomar parte de la medicación que había dejado para gestar sin riesgos por los fármacos. Por otro lado, el posparto y la lactancia fueron vivencias tan profundas que me enfrentaron a un nuevo desafío con la enfermedad. Para no desbordarme, me guió el apego por la vida junto a mi red de apoyo y junto a mi hija.

Estar bien requiere un trabajo tremendo: psicoeducarse, armar hábitos saludables, dejar el alcohol y aprender a gestionar el estrés. Esto último ha sido un verdadero duelo. Siempre he tenido mucha energía para trabajar y he estado llena de proyectos, pero tuve que transformar mis expectativas laborales en el camino; entendí que mi cabeza tiene demasiada actividad y se agita rápido. Para mi cerebro, el estrés es la antesala directa de la depresión.

Mirar atrás y ver que han pasado diez años desde ese quiebre me parece increíble, en el sentido más hermoso de la palabra. Hoy, con mi hija en brazos, entiendo que vivir con trastorno bipolar es como una apuesta: si quieres estar bien puedes lograrlo, pero juegas con la incertidumbre de no saber cuándo vendrá el siguiente episodio. Sin embargo, si vives pensando en un futuro negro, no disfrutas lo que tienes. Yo prefiero agradecer, aunque no niego que criar con un diagnóstico de salud mental es un desafío diario“.

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