Por Alfredo Jocelyn-HoltNueva elección de rector en la U. de Chile

De nueva no tiene nada; todo sigue igual. Señal de inercia de esta institución que se resiste a cambiar a pesar de problemas gravísimos, sin que los cuatro candidatos a la rectoría parezcan entender qué hay en juego. En el fondo, estamos ante un engranaje que, al elegir a su máxima autoridad institucional, se esmera por reproducir la misma máquina en funcionamiento, clientelista y facciosa.
Basta con fijarse en los postulantes y su trayectoria. Llevan años candidateándose para ocupar cargos en la burocracia universitaria. No se caracterizan por su contribución a la discusión pública sobre la educación superior en Chile. Salvo Lavandero, el más puramente académico, a los tres restantes cabe asociarlos con una visión profesionalizante propia de un ingeniero, una economista y un abogado. Internamente, ninguno de los cuatro es ampliamente reconocido fuera de su propia facultad, lo que demuestra que la Chile se encuentra fraccionada.
Se echa de menos definir a la U. de Chile como principalmente dedicada a preservar conocimiento, cultivar disciplinas intelectuales clásicas y rescatar lo que, hasta décadas atrás, fue su principal logro histórico: reunir a los mejores profesores y estudiantes en Chile, garantizarles autonomía institucional frente al poder y una sana convivencia interna pluralista. Al contrario, se encuadran dentro de una lógica que ve a la U. de Chile en tanto ente estatal, dando por hecho su carácter cada vez más popular-comprometido, a tono con el discurso progresista de izquierdas. Lo que explica la corrección política contemporizadora de los candidatos. De ahí que se esmeren en presentarse como gestores administrativos políticamente confiables (papá fisco paga y manda). Uno de ellos, Martínez, fue funcionario del Mineduc, partidario de la triestamentalidad y de procesos “desde abajo”, y, como funcionario de Rectoría a cargo de la negociación para deponer la toma en Derecho en 2009, se propuso, junto al rector Víctor Pérez, destituir al decano Nahum. Ruiz-Tagle hace hincapié en su cercanía con Frei Ruiz-Tagle y Bachelet. Mizala, por su parte, subraya su pericia en políticas públicas sobre pensiones, trabajo, salario mínimo y equidad de género.
Ni uno que yo sepa se ha mostrado crítico por no expulsar a estudiantes violentistas, ni ha condenado actuaciones como la del rector de la U. Austral. Tampoco se han referido a la violencia como factor que ahuyenta a brillantes estudiantes que optan por otras universidades, especialmente por privadas potentes. Ni tampoco cuestionan las publicaciones indexadas cientificistas como la principal manera de hacer investigación para efectos de rankings, con desastrosas consecuencias para las humanidades. En fin, la perpetuación de la medianía autocomplaciente de la U. Chile es lo único que ellos cuatro parecieran asegurar.
Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador
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