Opinión

Kast y el límite del buen administrador

Aton Chile DRAGOMIR YANKOVIC/ATON CHILE

Esta semana, en el Salón Montt-Varas del Palacio de La Moneda, el presidente José Antonio Kast firmó el proyecto de ley del Plan de Reconstrucción Nacional. Detrás de él, un retrato al óleo, trajes oscuros, ministros en posturas solemnes. Comunicaba seriedad, orden, autoridad. Todo lo que hizo tanta falta en el gobierno anterior. Un gobierno que gobierna.

Pero no se trata solo de estética. A diferencia de su antecesor, este gobierno no enfrenta un problema de diagnóstico. Cuando Kast habla de los miles de chilenos que buscan trabajo sin encontrarlo, de familias en campamentos, del estancamiento en torno al 2% de crecimiento, la ciudadanía no lo discute: el 82% cree que la economía está estancada o retrocediendo, y el 40% identifica el crecimiento como prioridad. Gobierno y ciudadanía están mirando el mismo problema. Ese punto de encuentro, que parece obvio, es políticamente decisivo. Boric nunca lo logró. Pasó cuatro años peleando el diagnóstico. Kast no tiene ese problema.

Su desafío es otro: pasar de un apoyo funcional a uno emocional. Un apoyo funcional significa que la ciudadanía entiende lo que el gobierno quiere hacer y, mayoritariamente, no se opone. Un apoyo emocional significa que quiere verlo triunfar, que se identifica con él, que pierde algo si fracasa. Kast tiene lo primero. Le falta lo segundo.

¿Por qué? En parte, porque la derecha ha sido históricamente más eficaz en diagnosticar y gestionar que en narrar. Las cifras que el Presidente enumeró esta semana son reales y urgentes, pero los números no conmueven. Conmueven las personas detrás de ellas, y para eso hace falta una épica que el gobierno todavía no ha encontrado.

En ese vacío narrativo, la oposición ha instalado su propia lectura: este es un gobierno para los ricos. Una reforma disfrazada de reconstrucción. Un regalo tributario al empresariado de siempre. La vieja lucha de clases, actualizada para redes sociales y buscando sintonizar con un país donde una mayoría importante considera que la fórmula para crecer pasa por subir, no bajar, los impuestos a las empresas.

Cabe preguntarse si quienes repiten esa lectura realmente la creen, o si es simplemente lo que resulta útil decir. Pero esa pregunta, en el fondo, es secundaria. Porque el riesgo no depende de la buena o mala fe de quien lanza el eslogan, sino de cuántos lo escuchan y lo hacen propio. Sostener que bajar el impuesto corporativo beneficia solo a las grandes empresas, cuando se propone simultáneamente un crédito tributario para pymes y se habla explícitamente de desempleo juvenil y campamentos, es una caricatura interesada. Pero cuando esas reducciones no encuentran respuesta, empiezan a operar como verdades.

Es evidente que a este gobierno le importan las personas, y mucho, pero no basta con que sea cierto: tiene que ser percibido como tal. La conexión emocional con la ciudadanía fue un activo poderoso de la campaña y trasladarla al ejercicio del poder sigue siendo la tarea pendiente. La distancia entre el apoyo funcional y el emocional es el desafío político más relevante que enfrenta José Antonio Kast. Sin él, el gobierno puede tener razón, pero no necesariamente respaldo. Y sin este, los votos en el Congreso serán, también, más esquivos.

Por María José Naudon, abogada.

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