Por Héctor SotoHoy como ayer

Pessoa dialéctico. Más que un cuento largo o una novela corta, es un extenso monólogo protagonizado por un banquero que se presume comprometido con la más pura ortodoxia anarquista y que dice abrazarla tanto en la teoría como en la práctica. El banquero anarquista (Editorial Eneida, 2021) es un librito de apenas 64 páginas y corresponde a lo que su autor definió como la primera de sus sátiras dialécticas. Iban a ser varias y al final nunca escribió las restantes. Quizás para mejor. Porque este texto le debe posiblemente más a la retórica del discurso lógico que a la literatura. Todo transcurre después de una cena un tanto aburrida, donde el narrador tiene la mala idea de preguntarle a su amigo banquero cuándo desertó de las convicciones anarcas que profesó en su juventud. De ahí en adelante el banquero se enfrasca en una larga perorata, llena de falacias y artimañas verbales, para demostrar que él sigue fiel a esas mismas convicciones juveniles y que, mientras más dinero captura o gana, mejor las cumple y hace efectivas. Su discurso funciona, pero para eso hay que asumir que el dinero, tal como la propiedad privada, es solo una ficción que el capitalismo burgués nos ha impuesto. ¿Hay alguien que hoy se trague este infundio? Bueno, ha transcurrido más de un siglo desde que el gran poeta portugués Fernando Pessoa, autor además de esa obra fuera de serie que es el Libro del desasosiego, publicara en 1922 este escrito. Aunque por entonces la revolución soviética estaba en sus inicios, Pessoa no tuvo reparo alguno en calificarla como una tiranía. Desde que se dio a conocer hace más de cien años, el libro ha sido reivindicado sucesivamente como una sátira, como un tributo de buena fe al anarquismo y como un anticipo del pensamiento libertario. Posiblemente no sea ninguna de estas cosas, sino solo una trabajosa especulación intelectual para mentes que disfrutan con las flexiones de la lógica y el sofisma. No será un gran libro, pero sin duda que es una curiosidad.
El heredero. A diferencia de un Scorsese, que tiene anclado su imaginario a los años 60, Spielberg es un cineasta que tributa básicamente a los años 50. Comparte con el Hollywood de esos años la ingenuidad y el candor, la fe más o menos inconsciente en el “american way of life”, el rescate de los valores de la clase media y una concepción del cine dictada antes que nada por las leyes del espectáculo. Spielberg, que hoy ya anda por los 79 años y desde que realizó su primera película profesional en 1970 ha dirigido otras 36, incluyendo varias que están inscritas en la memoria emotiva del cine de todos los tiempos, es indiscutiblemente el heredero de la tradición del Hollywood dorado. De hecho, su nueva realización, El día de la revelación, es la prueba más concluyente al respecto. Escrita por David Koepp y él, es una cinta que lo tiene todo viniendo de quien viene: infantilismo, fantasía rampante y emoción sin culpa, suspenso convencional, buenos aquí y malos allá, conexión con la América profunda y pueblerina, notable efectividad dramática en el uso de los recursos expresivos del cine clásico, profundo apego a la imaginería religiosa judeo-cristiana con la que creció su generación y, por supuesto, absoluta coherencia con las películas que él mismo ha realizado, especialmente con Encuentros cercanos del tercer tipo y E.T., que a estas alturas ya tienen estatura legendaria. Es difícil sustraernos a la efectividad y al encanto de la obra. A lo mejor hay actualmente películas que son mejores que esta, no muchas. Será difícil, sin embargo, encontrar otra que sea más entretenida.
Cronometría. Vladimir Nabokov, que aparte de ser un novelista excepcional (Lolita, Ada o el ardor, Pálido fuego, Habla memoria) fue también un gran profesor y estudioso de la literatura; dijo alguna vez que Tolstoi era el único escritor cuyo reloj estaba absolutamente sincronizado con los relojes de sus innumerables lectores. “Su prosa -escribió- lleva el compás de nuestro pulso, sus personajes se mueven con el mismo andar de la gente que pasa bajo nuestra ventana mientras leemos el libro… Si hay un tiempo de Proust y un tiempo de Joyce, Tolstoi, en cambio, logra como nadie el tiempo estándar, el tiempo común y corriente, el que iguala nuestro reloj y el de sus personajes”.
Verdad. Michael, la producción que ha terminado transformándose en la biopic fílmico-musical más exitosa de la historia, es una cinta con cuya banda sonora literalmente todo el mundo está familiarizado, incluso las personas que odian la música pop o que nunca se dieron el trabajo de indagar de quién era la voz de Thriller, siendo una biografía en la cual la propia familia de Michael Jackson está comprometida, todos sabemos que la cinta incurre en muchas licencias, falacias y omisiones. Así y todo, sin embargo, la realización tiene un momento de verdad. Corresponde a la escena donde Michael va a comprar juguetes infantiles. No son para sobrinitos o vecinos. Son para él. Queda claro: emocionalmente era un niño.
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
50% Plan Digital+$5.150 al mes SUSCRÍBETE












