Por Amalia Castro San CarlosCuando la curiosidad no mató al gato

Solemos repetir que la curiosidad mató al gato como una advertencia para no hurgar donde no nos llaman. Pero en relación al patrimonio, la curiosidad es el motor que nos mantiene vivos. Es el punto de partida que nos vincula con el mundo y con nuestra propia historia, permitiéndonos experimentar un pasado tangible que, a menudo, los textos escolares vuelven lejano y frío.
Lo viví el fin de semana pasado, durante el Día del Patrimonio 2026, que este año batió récords históricos, con más de cuatro mil actividades. Lejos de las grandes puestas en escena, me conmovió ver las filas de familias esperando para entrar a un edificio antiguo, a un museo de barrio o a un taller artesanal.
Personalmente, me dejé llevar por esa misma curiosidad y visité una pequeña bodega, un espacio donde el aroma a chicha, a madera vieja y a fermento parecía suspendido en el tiempo. Al probar ese líquido denso, no solo estaba degustando una bebida. También estaba tocando la historia de productores que persisten en mantener viva una tradición invisibilizada.
Ahí radica uno de los grandes valores del patrimonio: no es un objeto inerte detrás de una vitrina, sino una experiencia sensorial. El gusto, el olfato y el tacto nos devuelven la memoria y nos conectan con la identidad de un territorio de una forma que la teoría jamás logrará.
Por eso resulta preocupante cuando el debate público cuestiona la inversión en ciencias, artes y humanidades, bajo la premisa de que estos esfuerzos solo culminan en un libro acumulando polvo en un estante. Es una mirada que olvida que la investigación es, en realidad, el mapa para poder reconocer los rastros del pasado y descubrirlos en el presente.
Estudiar el pasado no es un ejercicio de nostalgia diletante; es devolver las herramientas de su propia identidad a las comunidades actuales. La investigación científica y cultural no se archiva para ser olvidada. En un Chile que busca encontrarse a sí mismo, la curiosidad no mata a nadie. Al contrario, es lo único que nos salva del olvido.
Por Amalia Castro San Carlos, directora del Centro de Investigación en Artes y Humanidades, Universidad Mayor.
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