Por Gonzalo CorderoCambio de rumbo

Mucho se podría decir del discurso por medio del cual el Presidente Kast cumplió con su obligación constitucional de rendir cuenta del estado de la Nación, pero si se pudiera resumir en una frase ella sería: Chile cambia de rumbo. Luego de décadas de gobiernos que se movieron en dirección al estatismo por casi todas las formas posibles, subiendo la carga tributaria, haciendo crecer el tamaño y atribuciones del Estado, imponiendo más y más regulaciones, asfixiando la educación privada y, tal vez lo más importante, enviando sistemáticamente el mensaje antiempresa, que demonizaba el lucro y asociaba la provisión privada de bienes públicos con diversas formas de abuso que debía combatirse.
El resultado está a la vista. Un país estancado que, hace unos pocos años agobiado por la frustración y alterado luego de años de recibir el discurso disociador de la desigualdad, llegó incluso a validar mayoritariamente la violencia como medio legítimo de obtener cambios y que hoy demanda la solución a dos problemas fundamentales: la inseguridad y la falta de crecimiento económico.
El discurso del primero de junio fue la respuesta que el actual gobernante ofrece para abordar ambas demandas urgentes. No se trata de hacer cambios menores, ni de mejorar la eficiencia con que se aplican las mismas políticas públicas o, cuando más, se le hacen cambios marginales. El camino hacia un país más seguro requiere, desde luego, recursos y buena gestión de los medios de que dispone el Estado, pero es tanto o más importante un cambio cultural mediante el cual se vuelve a colocar como valores intransables el respeto a la ley y a la tarea de las policías, junto con una disposición real a sancionar los delitos e incluso las faltas cuando ellas tienen un efecto disociador que resquebraja el imperio del Derecho.
La economía tampoco puede crecer en un ambiente social y normativo hostil a la inversión privada. También aquí es indispensable, pero insuficiente, el cambio meramente regulatorio, es fundamental una autoridad que actúe efectivamente como un aliado del emprendedor que, dentro del respeto a un marco legal razonable, apuesta por nuestro país y dedica sus esfuerzos a crear riqueza.
Esto es, en esencia, lo que escuchamos el lunes pasado. Es verdad, sin grandes teorías, sin desarrollar ninguna mirada constructivista del orden social, con muchas más referencias a lo concreto que a sueños de grandes utopías, pero marcando una dirección clara, sin temor ni adornos estéticos. La oposición llama a esto “retrocesos”. Las indispensables y dolorosas medidas para recuperar el orden fiscal que la gestión pasada pulverizó, las tacha prácticamente de crueldad e insiste en el camino cuyo fracaso llevó a la mayoría de los chilenos a elegir a Kast.
Cualquier observador que se atenga a los hechos y a los datos, tendría que concluir que retrocesos es lo que experimentamos en la última década y que este cambio de rumbo, aunque sea por un voto, es la única -y tal vez la última- opción que nos queda.
Por Gonzalo Cordero, abogado
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