Paula

Hablemos de amor: incluso en la muerte, la amistad sobrevive

Esta columna es distinta a las que solemos publicar en Hablemos de amor. Esta vez no es una historia escrita para ser contada, sino un mail que una amiga le escribió a otra que ya no está. Decidimos publicarlo tal como llegó, porque a veces el amor también se ve así, en una amiga que le sigue hablando a la otra después de su muerte.

Amiga, hoy te escribiré un mail eterno.

Como ya sabías, volver a Buenos Aires era mi prioridad. Al aterrizar sentí una pena enorme. Se me vino encima el momento en que abriste la puerta: me abrazaste y te largaste a llorar.

—Tengo cáncer, weona —me dijiste.

Recordé el instante en que me lanzaste esa pregunta:

—Flaca, ¿y qué pasa si el tratamiento no funciona y me muero?

—Hay que esperar, vamos pasito a pasito —respondí.

—¿Sabes qué es lo que más me preocupa? —dijiste—. Si me muero, ¿qué pasará con Caro? Ha vivido 11 años conmigo y va a empezar una etapa difícil. ¿Te imaginas? Y Fran, con un año, no me conocerá; y Pancho, ¿cómo lo hará solo?

Nos abrazamos, las lágrimas caían, no existían palabras para llenar ese espacio.

Después, recordé tu última venida a Chile, cuando el primer tratamiento ya había fallado. Estábamos en casa de tu tía y me preguntaste:

—¿Flaca, y si esta es la última vez que estoy con toda mi familia?

Nos miramos y lloramos; sabíamos que era una posibilidad. Me dijiste algo sobre tu funeral, no recuerdo qué, pero te confesé que no sería capaz de hablar en tu despedida, y así fue.

En esa misma visita te invité al Festival de Viña a ver a Fito Páez. Cantaste a todo pulmón “Al lado del camino”. Amabas esa canción, amábamos esa canción.

Siempre tuviste un valor, una pasión, una fuerza y un impulso únicos en todo lo que hacías y en cada cosa que te tocaba enfrentar. Jamás te vi bajar los brazos.

La última vez que te fui a ver ya estabas muy mal. Pasábamos los días en tu cama, pero aun así sacaste fuerzas de donde no tenías para salir con nosotras al Barrio Chino. El ruido te molestaba, te dolía hasta el roce de la ropa, pero fiel a tu testarudez de Tauro, insististe en estar ahí.

Y esa noche, la última, me dijiste:

—Ya sé lo que quiero hacer.

Querías que nos grabaran cantando canciones de Cristina y los Subterráneos. Nos maquillamos y cantamos “Las suelas de mis botas”, ese tema que le cantábamos a nuestros amores de la adolescencia. De una u otra forma, las dos sabíamos que esa era nuestra verdadera despedida.

Al día siguiente fuimos al café que tanto te gustaba. Yo ya debía regresar a Chile. Al momento de despedirnos, te abracé con toda mi fuerza y me dijiste al oído:

—Si me muero y no puedes venir a mi funeral, no te preocupes. Ya has hecho lo suficiente. —Sea como sea, voy a venir —te respondí.

Aunque el panorama no se veía nada de bueno, yo me negaba a aceptar que sería la última vez que te vería; por dentro guardaba la esperanza de volver a encontrarnos.

Desde que te fuiste a vivir a Buenos Aires, hace quince años, nos vimos absolutamente todos los años. Un año venías tú a Chile y al siguiente iba yo a Argentina. Ese fue nuestro pacto sagrado.

Cuando me despedí de Pancho después de tu funeral, le prometí que viajaría todos los años a verlos. Al año siguiente vino él; al subsiguiente, por distintas razones, yo no pude viajar. Por eso necesitaba hacer este viaje con tanta urgencia.

Cuando llegué, Pancho me abrió la puerta. Ahí estaban él, la Caro y la Fran. Tu casa seguía exactamente igual. Tus fotos decorando la entrada, todo intacto. Lo único que había cambiado, era que tú ya no estabas ahí.

Creí que lloraría a mares, que me sentiría triste y extraña, pero no fue así. Me sentí como en casa. Me sentí como siempre me sentí en tus casas: acogida por una sensación muy cálida. Todo fluyó.

La Caro estaba feliz. Hablaba sin parar; mueve las manos y es muy expresiva, igualita a ti. Está tan grande. La Fran, que apenas tenía un año cuando te fuiste, se movía por la casa y hablaba como una lora.

Pancho nos preparó algo y nos sentamos todos juntos. El ambiente, lejos de ser fúnebre, se sentía vivo.

«Tranquila, amiga —pensé—, Pancho lo está haciendo bien. Tus niñas están bien».

Al mirarlos a los tres sentados en la mesa, te vi ahí: en la risa de la Caro, en la mirada de la Fran y en la fuerza con la que Pancho sostiene tu hogar. Ese amor honesto del que me habías hablado en nuestro último mensaje de WhatsApp había dejado su huella.

Te extraño y te quiero a mil.

Una vez te dije, que nunca imaginé que viviríamos el ser madres tan separadas. Hoy te digo que nunca imaginé que la distancia tomaría otra forma, que sería más profunda aún, pero tampoco nunca imaginé que la amistad trascendiera la muerte.

No ha sido fácil estar sin ti después de 28 años juntas, pero te siento siempre conmigo.

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