Opinión

¿A más I.A. más tontos?

FILE - In this Sept. 25, 2019, file photo, people rest on grass while reading at Brown University in Providence, R.I. The university and attorneys for student-athletes, who challenged the Ivy League school's decision to reduce several women's varsity sports teams to club status, announced a proposed settlement Thursday, Sept. 17, 2020. (AP Photo/Steven Senne, File) Steven Senne

Al parecer, sí. Veamos lo que ha estado sucediendo. Días atrás, el diario El País publicó una entrevista, sintomática del problema, que le hizo a Roberto Serrano, destacado economista de la prestigiosa Brown University, quien se atrevió a denunciar una copiadera masiva. En uno de sus cursos, la nota media en un examen a realizar en casa fue de 96 sobre 100, alcanzando 40 de 89 alumnos una puntuación perfecta de 100. A todas luces, un absurdo grotesco. Hasta este año, sus cursos de economía matemática avanzada eran conocidos por ser difíciles; atraían a dos tercios menos de alumnos y, a veces, sólo un puñado se atrevía a inscribirse. Ahora, en cambio, más de la mitad de los integrantes hacían las veces de poco menos que genios, aun cuando cuesta creer que a tanto tramposo se le hubiera pasado por la cabeza tamaña estupidez y, además, que pretendiera salirse con la suya.

Reconozco que esto último me pareció lo más extraordinario. Aunque obvia a todas luces, esta conducta tramposa, sin la denuncia del profesor, podría haber continuado exenta de cargos e incluso inmune. No de que deje de contagiar—está visto que se trata de una plaga— aunque sí de seguir impune, capaz de extenderse aún más. En efecto, es la psicología colectiva envuelta, institucionalmente cómplice, lo que debiera preocupar por sobre todo. Y, de nuevo, el profesor aquí resulta clave. El rector de la universidad no ha dicho nada, el decano tampoco, y el comité al que le encargaron “el muerto” (las instituciones académicas están infestadas de “comités” pompo-fúnebres que anticipan el fin de la universidad) calificó lo ocurrido en el curso como “una llamada de atención”.

Enhorabuena, entonces, que a Serrano le pareciera que este fraude no podía quedar hasta ahí nomás. Su reclamo es impecable: “Esa no puede ser la postura de la universidad ante un incidente de esta magnitud. La integridad académica es un valor que merece ser defendido. El profesorado no puede quedarse solo en una lucha tan decisiva si queremos preservar el futuro de la educación superior […] Debemos reconocer públicamente la gravedad de la situación y abrir un debate amplio sobre la extensión real del problema”.

En Chile la situación y el dilema son idénticos. ¿Habla uno o no? Sea que hay defensas corporativas que ponen en el banquillo a quien denuncia y critica, con lo cual los realmente culpables evitan ser responsabilizados. O, peor aún, se nos pide que nos hagamos parte de una tontería generalizada que, en una universidad, es suicida, conceptual e institucionalmente. Con el detalle adicional de que el fenómeno entre nosotros no se reduce a plagios; también se dan casos de violencia (paros, tomas, funas) y de chantaje político en los que se advierte la misma lógica, la misma respuesta y la misma parálisis de profesores y la autoridad.

Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

Más sobre:Conducta tramposaDefensas corporativasChantaje político

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