La segunda estrella de España
Fue un feo final porque a los argentinos el chiste solo les hace gracia si lo cuentan ellos. No saben perder (o no supieron) y tirando de memoria (cuatro años, no hace falta irse más atrás), podría afirmarse que tampoco ganar. Pero por encima de teorías conspiranoicas, el dominio de la selección española sobre el Mundial fue fundamentalmente un cuento condecorado y hermoso.

Fue un feo final porque a los argentinos el chiste solo les hace gracia si lo cuentan ellos. No saben perder (o no supieron) y tirando de memoria (cuatro años, no hace falta irse más atrás), podría afirmarse que tampoco ganar. Pero por encima de teorías conspiranoicas, pucheritos de espaldas a la entrega de la copa, invenciones, patadas, empujones y puñetazos del bando derrotado, el dominio de la selección española sobre el Mundial fue fundamentalmente un cuento condecorado y hermoso.
Una conquista aplaudida y reconocida desde todos los rincones del planeta, algunos de una forma incluso entusiasta (en parte por la antipatía que fueron ganándose gramo a gramo los albicelestes, pero también por la seductora propuesta del juego español y lo meritorio de sus victorias), y mucho menos discutida por dentro de lo que acostumbra una selección esencialmente cainita.
De hecho, como ocurriera en Sudáfrica 2010, alrededor de los triunfos de la selección (que en España se siente y disfruta muy por debajo que los clubes; no hay hincha que renuncie a cenar si pierde su roja) se fueron uniendo aficiones tradicionalmente encontradas y hasta atreviéndose a desplegar banderas vecinos de poblaciones donde la españolía está castigada por minorías que quieren imponer la división. Los matones de siempre, de hecho, trataron de evitar a su violenta manera que en bares o pantallas gigantes de algunas ciudades se siguieran los partidos de la selección, pero sin éxito: la euforia fue mayoritaria y la fiebre por acompañar y alentar, tan imparable como masiva. España fue una. Por fin el equipo de todos, como le dicen en Chile a su roja.
Y eso que, al principio, cuando De la Fuente elaboró la lista de 26 convocados y, por primera vez en la historia de los Mundiales, la vació de jugadores del Real Madrid, se tiró peligrosamente encima a la mitad de la población. El madridismo sincronizado, el mediático y el ambiental, amenazó con hinchar por la Francia de Tchouameni y Mbappé o por la Brasil de Ancelotti y Vinicius (y en muchos casos así lo hicieron), pero Florentino Pérez suavizó el movimiento con un efectivo golpe horas antes del debut: el fichaje de Cucurella. Si no tenemos jugadores en el equipo nacional, lo compramos y asunto resuelto.
En todo caso, la legión de adeptos solo se llenó al final. Fue creciendo de poquito a poco, partido a partido, incorporando militantes casi sin querer, sin darse cuenta. Primero porque De la Fuente, que hoy ya sí presume de ser el seleccionador español más galardonado de todos los tiempos, y es unánimemente elogiado, no es de los que entre por los ojos. Pelín cursi e impostado en las conferencias de prensa, aparentemente plano y discreto con el chándal puesto, cuesta abrazarle de salida. Pero hay que concluir que es un prodigio. Porque su mano y sus decisiones estuvieron necesariamente detrás de la obra coral e invencible que terminó siendo su selección.
Un equipo al que se le cayeron de saque sus principales estrellas y que siguió funcionando igual. O distinto, con otros argumentos, jugando a otra cosa, pero tan letal como en la Eurocopa o la Liga de las Naciones. Porque Nico Williams llegó reducido, recién salido de una lesión, como Merino. Porque Pedri sí estaba, pero no, no fue Pedri. Porque Lamine Yamal, otro convaleciente que unas semanas antes dormía en el hospital, nunca fue el demonio del Barça, ni de lejos el futbolista más desequilibrante del mundo. Y hasta Rodri, que acabó como mejor jugador del torneo y candidato mayor al próximo Balón de Oro, empezó como un pesado tractor y sin fiarse de la estabilidad de su maltrecha rodilla. Dio lo mismo, España se reinventó. Sin individualidades, como equipo, hasta moldearse como una escuadra de época.
Donde antes había extremos, se cosieron interiores y se entregaron las bandas a los laterales. Y sobre todo, se volvió a confiscar el balón. Nunca importó tanto llegar a la portería contraria como retener la pelota, tocarla siempre, obligar al adversario a correr detrás de ella. Una engañosa forma de atacar que en realidad se trataba de una poderosa estrategia de defensa. España ganó el Mundial a la defensiva, aunque sin defender. Solo encajó un gol en contra, pero su portero no hizo paradas. Unai Simón batió todos los registros de imbatibilidad sin dejar una sola palomita. En la final no le dispararon.
Tampoco sometió España a los rivales, sencillamente los hizo desaparecer. Sobre todo en los escalones finales. Argentina no pisó la final y su héroe Messi, que llegó al último partido en Nueva York con la mejor actuación individual que se le recordaba en un Mundial, fue un simple espectador hasta el segundo tiempo de la prórroga. Y qué hablar de Francia, el mejor equipo de largo del torneo hasta que se cruzó en semifinales con España. Nadie la volvió a ver. Ni rastro de Mbappé, de Olise, de ninguno. España minimizó a la selección gala. No la desfiguró al ataque, ni la maniató con marcajes en defensa. Ni se la tiró encima, ni se echó atrás: Simplemente la quitó el balón y la movió de lado a lado del campo hasta marearla.

España acabó con la gloriosa era Deschamps en Francia y obligó a colgar las botas a Messi. Como antes había hecho con De Bruyne y Cristiano Ronaldo. También mandó a la fila del desempleo a Marcelo Bielsa, aunque aquello fue más un suicidio de los jugadores uruguayos que una actuación irreversible de España. Pero por unas razones u otras, a la campeona del mundo, con la inesperada excepción de la desconocida Cabo Verde, se le fueron cayendo los rivales (hasta con inoportunas y fortuitas lesiones) y jubilando sus mejores cartas. El Mundial fue reuniendo una colección inusual de continuadas exhibiciones individuales, diríase incluso que como nunca antes (Haaland, Kane, Mbappé, Messi…), que solo dejaron de aparecer cuando se puso España enfrente. Y podría hablarse de suerte, que también la hubo, pero los resultados se explican mejor esta vez desde el juego.
Ganó el equipo que mejor jugó, el que más brilló. El que pese a todos los esfuerzos gringos por confundir y desviar la esencia (con la cuenta atrás, las pausas de hidratación, los anuncios abusivos, los precios desorbitados, las injerencias de Trump o las rendiciones de Infantino, tan impropias todas), logró que el Mundial fuera una vez más de fútbol. O se le pareciera.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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