Editorial

Una cumbre que fija un nuevo tono

Si bien la cita entre Xi Jinping y Donald Trump ratificó el clima de distensión entre ambos países acordado tras la tregua comercial, dejó instalado otro tema que puede definir la futura relación entre las dos potencias: el estatus de Taiwán.

Donald Trump y Xi Jinping se reúnen en Pekín

Más que de acuerdos concretos, la pasada cumbre entre Xi Jinping y Donald Trump en Beijing estuvo cargada de simbolismos que dieron cuenta de la nueva etapa de las relaciones entre ambos países. Desde su llegada al poder, en 2012, el líder chino ha insistido en su apuesta para que su país alcance un nuevo estatus a nivel mundial y se relacione de igual a igual con Washington, y la cita con el Presidente de Estados Unidos fue un paso clave en esa dirección. No solo por sus referencias a la trampa de Tucídides al inicio de su primera reunión de trabajo -aquella teoría que plantea el riesgo de conflicto que surge cuando una potencia emergente desafía el poder de una potencia establecida y en decadencia-, sino también por la capacidad de Xi Jinping de marcar el tono de la cumbre, convirtiendo a Taiwán en el centro de la atención.

El encuentro entre Xi y Trump se producía luego de la breve reunión mantenida entre ambos en la cumbre de Apec del año pasado en Corea del Sur, donde acordaron una tregua en la guerra comercial que había llevado los aranceles de los productos chinos enviados a Estados Unidos hasta un 145%. Por eso, muchos veían la cita como decisiva para confirmar si la distensión entre las dos potencias se mantendría o si se reactivaría el conflicto. Y pese a que el mandatario estadounidense aseguró a su regreso a Washington que el tema de los aranceles no se había tocado en la reunión, la sensación que dejó su visita es que no solo la retórica que marcó la relación en los primeros meses del año pasado quedó atrás, sino que la relación entró en una nueva etapa.

Pese a ello, la agenda de las relaciones entre ambos países sigue siendo compleja y obliga a Washington y Beijing a moverse con cautela. No solo en el plano estrictamente comercial, donde Trump puede anotarse algunos triunfos durante su estadía en Beijing, sino también en ámbitos más delicados como el acceso de Estados Unidos a las tierras raras, claves para el desarrollo tecnológico, y cuya producción mundial China controla en un 93%. Similar es lo que sucede a nivel geopolítico. Beijing es un aliado clave de Irán y podría presionar a Teherán para que llegara a un acuerdo con Estados Unidos, ayudando a Trump a salir de la compleja situación en que se encuentra en Medio Oriente. No hay claridad, sin embargo, si el tema se abordó y si Beijing condicionó un eventual apoyo. Washington se limitó a decir que China apoya el libre tránsito por el estrecho de Ormuz.

Si bien el fin del conflicto y la normalización del mercado del crudo no es irrelevante para China, por ser el principal importador mundial de petróleo, Xi se encargó de dejar claro que el tema central de las relaciones entre ambos países es Taiwán, señalando incluso que un mal manejo de ese asunto podría llevar a un conflicto. La incorporación de ese territorio a la República Popular de China es una aspiración de Xi, posibilidad a la que se opone EE.UU., que defiende el actual statu quo, más aún considerando su valor estratégico como principal productor mundial de chips. Taiwán, además, está a la espera de que Trump apruebe un paquete de ayuda militar por 11 mil millones de dólares. Por ello, cualquier giro en la posición de Washington en ese tema podría acabar siendo el principal legado de la cumbre.

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