Por Francisco AravenaLos Prisioneros versus Bon Jovi: Ya no basta con rezar
Hace 30 años nacieron dos himnos muy distintos en Nueva Jersey y San Miguel. Aunque ambos suenan hoy terriblemente vigentes, uno entrega una visión del mundo menos desoladora que el otro.

En el entretetiempo de uno de los últimos partidos del pasado Mundial de Fútbol algo de la música que sonaba en el estadio se coló en la transmisión televisiva. Sonaba Livin’ On a Prayer, el clásico de Bon Jovi, y sonaba también la gente coreándola: oh we’re halfway there… Recordé una noche de octubre de 2019, una fiesta de matrimonio de un amigo gringo en Boston, cuando sonó esa canción y comprobé por el entusiasmo de mis compañeros de pista de baile que para el estadounidense de cierta edad esa canción significa algo más potente y profundo que para un latino que recuerda ese hit como uno de los buenos clásicos que nos dejó la década de los 80. Ellos la cantaban, la coreaban, la bailaban como un himno. Recién entonces reparé en el peso de la historia que cuenta: Tommy trabajaba en el puerto, el sindicato ha estado en huelga, las cosas están duras. Es Gina la que tiene que sostener el hogar, trabajando todo el día en un diner, pero ella misma es la que arenga a su marido: le dice que tienen que sostenerse con lo que hay, que importante es que se tienen el uno al otro, así que hay que intentarlo. Le dice “ya estamos a medio camino, toma mi mano, te juro que lo lograremos”. La pareja está, motivada y todo, viviendo en una plegaria. No tienen nada más que fe.
“¿Qué himno cantarían en un estadio chileno?”, me preguntó un amigo viendo la misma escena del estadio en el Mundial. Pensé: el mismo año que esa canción, en 1986 en Chile nacía nuestro propio himno. Uno que se corea con pasión, que suena devastadoramente actual 40 años después, y que resuena igualmente cierto en toda Latinoamérica. El Baile de los que Sobran no da cuenta de una pareja en aprietos económicos, sino de una masa de personas para las que el dinero es sólo parte de los problemas. Jóvenes que hicieron todo lo que les pidió el país, el sistema: estudiar, trabajar todos juntos, esfuerzo, dedicación. ¿Y para qué? Para terminar bailando y pateando piedras. Mientras ven que con otros el país sí ha sido generoso, con aquellos a los que les contaron secretos que a ti no, a otros que les dieron de verdad esa cosa llamada educación.
Curiosa sincronía. En Nueva Jersey Bon Jovi, retratando a una pareja para lo cual ningún colectivo -país, estado, sociedad- puede llegar al rescate. En San Miguel, Los Prisioneros demandando que justamente el país, el estado, la sociedad, cumplan con su parte del trato, sin resignarse a que así no más son las cosas, sin rezar por el milagro de prosperar.
Son retratos de sociedades diferentes: una donde el “rascarse con sus propias uñas” ha sido llevado al paroxismo; otra donde existe la noción de sociedad, de colectivo, de acción conjunta, así sea para exigir condiciones dignas o simplemente para bailar con los que sobran.
Aunque el himno chileno tenga más rabia, más violencia, devuelve algo más edificante: una idea de país que -aunque está al debe- existe. Hay alguien en la ventanilla de reclamos, aunque haya que golpearle el vidrio por 30 años -y contando- para llamar su atención. Tommy y Gina soñando con escapar a otro lugar, a otra realidad, prometiéndose que algún día lo lograrán, rezando, transmiten una resignación desoladora.
Acá, Jorge González siempre tuvo clara aquella máxima que trece años antes Aldo Francia había convertido en título de película: Ya no basta con rezar.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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