Por Francisco AravenaActúa naturalmente, Ringo
El mito de que Ringo era sólo un baterista afortunado y simpático al que le fue regalado su pasaje a la gloria ha probado ser persistente, más en un mundo de pretendidos sabelotodos cuya ignorancia se ve amplificada en las redes sociales. Pero ser efectivo, proponer exactamente lo que sus compañeros necesitaban para cada una de sus cada vez más desafiantes creaciones, no es algo que cualquier músico del montón hubiera logrado.

“Harán una película sobre un tipo que está triste y solo, y todo lo que tengo que hacer es actuar naturalmente”, cantaba un joven Ringo Starr en ese cover de Act Naturally, un hit country de 1963 que los Beatles incluyeron en Help! (1965). Aunque la canción no la había escrito ni Ringo ni ninguno de sus compañeros, en cierto sentido sonaba apropiado que fuera el baterista quien le prestara la voz a ese himno sobre un perdedor afortunado, un tipo que “podría ganar un Oscar” porque podía interpretar “tan bien” el papel del “tonto más grande que ha llegado a tener éxito”.
Richard Starkey, el mayor de los Fab Four, cargó desde el principio con su “pecado de origen”: el haber sido el baterista impuesto por George Martin, el tipo que entró cuando el productor obligó a los muchachos de Liverpool a despedir a Pete Best y, de paso, ponerse trajes y corbatas. Más allá de su sintonía y amistad con Paul, John y George -a quienes había conocido en los salvajes años de Hamburgo, cuando el baterista tocaba con Rory Storm and the Hurricanes-, Ringo temió por años convertirse en “un nuevo Pete Best” y ser descartado. Pero Ringo cumplió su rol a la perfección. Aportó el carisma y sentido del humor que orquestaba al resto de los cómicos aficionados que eran los Beatles por esos años, a la hora de enfrentar a la prensa y luego rodar las películas clave de la beatlemanía. De un modo más fundamental que sólo el tiempo terminaría revelando, también mantuvo unido a un grupo de genios que lidiaban con ser el número más exitoso de occidente. “No existirían los Beatles sin Ringo”, es hoy una máxima que pocos se atreverían a desafiar. Otra, “Ringo fue el mejor baterista que el mejor grupo del mundo podría haber tenido”, es una afirmación que ha tomado más tiempo solidificar.

El mito de que Ringo era sólo un baterista afortunado y simpático al que le fue regalado su pasaje a la gloria ha probado ser persistente, más en un mundo de pretendidos sabelotodos cuya ignorancia se ve amplificada en las redes sociales. Pero ser efectivo, proponer exactamente lo que sus compañeros necesitaban para cada una de sus cada vez más desafiantes creaciones, no es algo que cualquier músico del montón hubiera logrado. Se dice que el talento de Ringo no sólo estaba en lo que tocaba -y buena parte de la crítica siempre necesita un despliegue extravagante y acrobático de veloces baquetas para reconocer a un baterista talentoso-, sino también en lo que dejaba de tocar. El silencio es parte de la música y eso Ringo lo tenía claro: él siempre supo estar al servicio de la canción, y en cierto modo también al servicio de sus compañeros. Cuando Ringo, el simpático, el “pegamento emocional”, el carismático, sí reventó y dejó a sus compañeros grabando solos lo que sería el Álbum Blanco, en 1968, lo hizo porque durante las sesiones sentía que él no estaba “a la altura” de lo que sus compañeros estaban haciendo. “Ustedes tres”, como le explicó a John, que le respondió “yo pensaba que eran ustedes tres”; misma respuesta que le dio Paul. El fantasma de la irrelevancia alimentaba la paranoia de cada beatle en esas míticas sesiones. Cuando tras pasar un par de semanas en Cerdeña con su familia Ringo volvió al estudio, sus compañeros lo esperaban con flores en su batería. Sin Ringo no existían los Beatles. Para la posteridad quedarían sus arreglos en esos últimos discos de los Beatles, por si alguien aún tiene dudas de su talento con las baquetas.
Richard Starkey cumple 86 años en unos días más, el 7 de julio. El único ex beatle al que sus compañeros volvían aun en los años más álgidos de la guerra que siguió a la separación sigue, y seguirá mientras viva, respondiendo preguntas sobre esos muchachos, esos años y ese taburete al que fue invitado a sentarse y desde donde se ganó la gloria. Probablemente el tema lo tenga más que cansado. Pero él puede interpretar muy bien el papel.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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