La reivindicación de los psicofármacos
Sobre todo a las mujeres, nos cuesta admitir que necesitamos ayuda. Y cuando esa ayuda incluye un psicofármaco, muchas veces la culpa y la vergüenza suelen aparecer. Esta columna invita a cuestionar ese prejuicio y a mirar estos tratamientos con menos miedo y más honestidad.

¿Y si los psicofármacos no cambiaran quién eres, sino que te ayudaran a volver a encontrarte?
Tenía poco más de 20 años y había tenido tres infecciones urinarias en poco tiempo. Todos los exámenes me mostraban lo mismo: no había infección. Había estrés.
Estudiaba psicología y, cuando la doctora me dijo que necesitaba un ansiolítico, me resistí –como lo hacen hoy muchos de mis pacientes–, pero la explicación que me dio, me dejó pensando. Me dijo: “Hoy tu cuerpo está en un constante estado de alerta y lo que haremos es ayudarlo a que recuerde cómo se sentía estar en calma otra vez. Una vez que logremos eso, tu cuerpo que tiene memoria, irá haciéndolo cada vez con menos apoyo del ansiolítico y pronto no lo necesitarás más”.
Seguí mi tratamiento al pie de la letra, recordé cómo me sentía al estar tranquila y desde ese momento no lo olvidé. Esos psicofármacos me enseñaron a volver a calmarme en un momento en que yo no tenía los recursos para hacerlo. Dejé de necesitarlos después de un tiempo y hoy, mirando hacia atrás, repetiría sin dudarlo el mismo tratamiento.
Con los años descubrí que esa conversación con mi terapeuta sería la que yo misma tendría cientos de veces después con mis propios pacientes: “Tengo miedo de depender de ellos, me puedo volver adicta”; “Cuando los tomo siento que me nublan y soy otra persona”; “La depresión no me la va a ganar, yo soy fuerte” y una seguidilla de otras frases similares que rodean la sola idea de consumir psicofármacos.
Alrededor de los psicofármacos existe un prejuicio que rara vez vemos frente a otros tratamientos médicos. Nadie cuestiona tomar un medicamento para regular la presión arterial o la insulina cuando el cuerpo deja de producirla. Sin embargo, cuando el órgano que necesita ayuda es el cerebro, pareciera que todavía sentimos que deberíamos poder resolverlo únicamente con fuerza de voluntad.
Quizás el problema es que seguimos creyendo que el sufrimiento emocional o mental pertenece a una categoría distinta de la salud. Como no se ve en una radiografía ni aparece en un examen de sangre, tendemos a tratarlo como si fuera una falla del carácter y no una condición que también tiene una expresión biológica.
Una parte importante de la terapia consiste precisamente en eso: ayudar a comprender que la salud mental también es salud física y forma parte de nuestro cuerpo. Que nuestras emociones y estados mentales también tienen un correlato en nuestro cuerpo, órganos y hormonas. Y que, cuando existe un desequilibrio, recibir apoyo farmacológico no es un fracaso ni un atajo, sino una herramienta más dentro de un tratamiento integral, cuya indicación siempre corresponde al médico tratante.
Es profundamente conmovedor observar cómo, a medida que el tratamiento hace efecto, las personas empiezan a recuperar aspectos de sí mismas que creían perdidos: logran calmarse, recuperar el equilibrio y, recién entonces, empieza a aparecer nuevamente su verdadera personalidad. Sus gustos, sus intereses, las cosas que disfrutan. Pueden, incluso, mirar su entorno con otros ojos. Ya no están poniendo atención a mil cosas a la vez, a decenas de demonios internos, ni están usando todas sus energías para sostener los días en que tanto les pesa su existencia.
Los psicofármacos muchas veces permiten que aparezca quien realmente eres. Acompañados de un proceso terapéutico –sin automedicarse, y siendo recetados adecuadamente por un profesional de la salud– pueden ser una herramienta fundamental para que el cerebro recupere su equilibrio.
Muchas personas descubren por primera vez cómo se siente vivir en calma. Y cuando conocen ese estado, también empiezan a reconocer cuándo se están alejando de él. Esa experiencia termina convirtiéndose en una poderosa herramienta de autoconocimiento y desde ahí podemos comenzar a construir una nueva relación con nosotros mismos y nuestro entorno.
Durante años pensé que aceptar ayuda era renunciar a mi fortaleza. Hoy creo exactamente lo contrario.
Hay momentos en que el acto más valiente no es seguir resistiendo, sino permitir que alguien: una terapeuta, un psiquiatra o incluso una pequeña pastilla sostenga por un tiempo el peso que ya no podemos cargar solos.
Si estás viviendo un proceso difícil, te cuesta concentrarte, los días te pesan o tienes una sensación de cansancio constante, ojalá no confundas pedir ayuda con rendirte. A veces es justamente el primer paso para volver a encontrarte.
__
Camila Gatica es psicóloga y coach (camilagatica.cl)
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
Plan Digital+$6.990 al mes, por los 3 primeros meses SUSCRÍBETE

















