Opinión

Vigencia de Rimbaud

En su libro sobre Rimbaud (The Time of the Assassins: A Study of Rimbaud), Henry Miller no solo lee al poeta: lo persigue, lo actualiza, lo vuelve incómodo. Y en esa lectura intensa, casi obsesiva, surge una pregunta: ¿sigue vigente Rimbaud o lo hemos convertido en una figura domesticada por la repetición? En un mundo donde la capacidad reflexiva escasea, ese cuestionamiento podría extenderse a múltiples ideas, convicciones, estructuras e ideologías.

Hay autores que pertenecen a su tiempo. Pero hay otros que, como Rimbaud, parecen escritos para momentos en que el tiempo mismo se descompone. Esa condición nos atrae magnéticamente, no porque anticipen el futuro de manera oracular, sino porque lo reflexionan, lo interrogan e incluso se atreven a crearlo.

Rimbaud fue más que un poeta: fue —y sigue siendo— una ruptura. Su obra, breve y desbordada, no buscó perfeccionar el lenguaje, sino tensionarlo hasta reinventarlo. En su gesto y en sus versos hay una invitación que hoy resulta especialmente urgente: atreverse a pensar críticamente cuando todo parece empujar hacia lo mismo. ¿No plantea acaso una rebeldía frente al sesgo que tiende a homogeneizar el pensamiento en las redes sociales?

Vivimos una época marcada por cambios vertiginosos. Las certezas se diluyen, las estructuras se transforman, y la tecnología —particularmente la inteligencia artificial— comienza a organizar no solo nuestras respuestas, sino también nuestras preguntas. En este contexto, la búsqueda de la verdad no puede entenderse como la adhesión a una certeza estable, sino como una exploración constante, a veces incómoda. La verdad no se posee: se persigue.

Pero esa persecución exige creatividad. Hoy, en cambio, gran parte de lo que llamamos creatividad parece responder a patrones reconocibles, optimizados por algoritmos que privilegian lo predecible sobre lo auténtico. No se trata de rechazar la tecnología, sino de evitar que ella defina los límites de nuestro pensamiento.

Este desafío es especialmente relevante en el ámbito educativo. Si la educación se limita a transmitir contenidos o a reproducir estructuras de pensamiento ya establecidas, corre el riesgo de formar individuos capaces de responder, pero no de preguntar; capaces de adaptarse, pero no de transformar. Incorporar el espíritu de Rimbaud en la educación no significa enseñar poesía de vanguardia, sino fomentar la capacidad de cuestionar, de imaginar alternativas, de sostener una mirada propia, creativa.

En la época actual, la tarea humana no es solo repetir, sino explorar. Solo así podremos ser verdaderos artífices del futuro, tanto individual como colectivo.

Por Lucas Palacios Covarrubias, rector de Inacap.

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