Opinión

Pesimismo

En una entrevista, el exdirector de Adimark Roberto Méndez hizo una revelación sorprendente. Según su análisis de estudios de opinión pública recientes, se ha instalado “un clima de pesimismo que no se veía en Chile en los últimos veinte años, incluso peor que en la pandemia y el estallido social”. El alza en el precio de los combustibles golpeó de manera brutal las expectativas de la gente, apenas a trece días de la instalación del nuevo gobierno. Y dicha alza no solo afectó el poder adquisitivo, sino que generó una “expectativa de inflación” en el estado de ánimo general, a lo que se agregó también la angustia por la falta de trabajo y el temor al desempleo.

Los actuales e inéditos niveles el pesimismo serían -para Méndez- una variable peligrosa, porque la gente restringe sus niveles de consumo y eso termina generando una “profecía autocumplida”, es decir, contribuyendo al deterioro de la economía. El pesimismo actual se habría convertido entonces en una nueva emergencia, que afecta la evaluación que la gente está haciendo de la gestión del gobierno. Además, este sorpresivo nivel de pesimismo se da en el marco de otra sorpresa, que ningún especialista fue capaz de anticipar: cinco meses de decrecimiento económico, una realidad que puso un contexto crítico al cambio de gobierno y que golpeó la confianza en que, a partir del cambio de administración, las cosas empezarían a mejorar.

Una de las interrogantes que este hondo pesimismo instala es, sin duda, la asociada al riesgo político. Porque lo que está en juego ya no es solo el nivel de respaldo al gobierno, sino su capacidad para reencausar las expectativas y darle un horizonte de esperanza a su gestión. Así, en un escenario como el actual el estado de ánimo se transforma, más que nunca, en un campo de batalla, donde chocan y se miden fuerzas en direcciones opuestas: por un lado, el gobierno y el oficialismo buscando transformar el pesimismo en optimismo; por el otro, la oposición tratando de convertir el pesimismo en un malestar activo, que pueda a partir de algún momento ser un agente movilizador.

Esa será entonces una de las claves del próximo período: cómo abordar el pesimismo, cómo atenuarlo o instrumentalizarlo según los intereses del oficialismo y la oposición. El precedente que dejaron las dos administraciones de Sebastián Piñera es muy elocuente. Los déficits de conducción política y comunicacional de sus gobiernos fueron centrales para explicar la magnitud del impacto que tuvo el movimiento estudiantil en 2011 y el estallido social en 2019. Hoy, con todos los traumas y lecciones de los últimos años, veremos cómo evoluciona esta corriente de pesimismo que ahora recorre el país. Si la derecha hizo algún aprendizaje y el actual gobierno tiene la capacidad de trastocarlo en optimismo o si, al contrario, es la oposición quien logra usarlo para oxigenar sus fuerzas, en la perspectiva de volver a cristalizar un malestar que permita reponer una expectativa de cambio.

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