Opinión

Orden internacional y Middle Powers

Canadá facilita la obtención de su ciudadanía, incluso sin haber puesto un pie en el país: quiénes pueden aplicar Tendencias / La Tercera

La crisis del orden internacional es una obviedad. Y no me refiero solo a las organizaciones internacionales, que son apenas una parte del problema, sino al cuestionamiento de los consensos básicos que dieron forma al orden posguerra. Los pilares siguen en pie, pero el edificio cruje: hay grietas en los muros, filtraciones en el techo y varios de sus arquitectos parecen más interesados en demolerlo que en repararlo. Entonces, ¿qué hacer?

Una idea que ha tomado fuerza entre las potencias intermedias (middle powers) es avanzar “por fuera”, mediante mecanismos menos burocráticos y alianzas más flexibles. Algunos lo llaman minilateralismo, otros plurilateralismo, pero la lógica es la misma: coaliciones temáticas entre países afines. Países como Japón, Canadá, Australia, México, y la UE se están coordinando para defender sus intereses.

Lo hacen porque entienden que la supervivencia del orden internacional liberal es demasiado importante como para dejarla a merced de la rivalidad entre Washington y Beijing. Las organizaciones internacionales se han vuelto crecientemente ineficientes, muchas veces paralizadas por el bloqueo de las grandes potencias, y el resto del mundo no puede quedar atrapado en esa inercia. Los middle powers todavía tienen capacidad de coordinación para sostener, aunque sea parcialmente, un orden liberal hoy amenazado, y está bien que así lo hagan.

Pero existe un riesgo relevante: que este impulso termine construyendo una institucionalidad paralela, hecha de iniciativas ad hoc superpuestas y clubes de afinidad, que fragmenten la gobernanza global y deriven en un (des)orden internacional. En ese proceso, las instituciones fundacionales como las Naciones Unidas o la OMC podrían debilitarse aún más, pese a que siguen siendo indispensables porque solo allí se sienta el mundo entero. No podemos desertar el edificio principal mientras levantamos extensiones improvisadas al costado.

Eso no significa que el camino de las potencias intermedias sea equivocado. Al contrario: probablemente es el más pragmático disponible. El minilateralismo es una herramienta eficaz para avanzar intereses nacionales y responder con rapidez a crisis, pero no puede hacerse a costa de las instituciones existentes. Debe hacerse al alero de ellas, con la intención de reformarlas, no de abandonarlas.

Para países pequeños como Chile, esto es particularmente importante. Los grandes beneficiarios de un orden internacional robusto no son las potencias, sino los países medianos y pequeños. Son las reglas internacionales las que nos dan voz, protección y capacidad de incidencia. El multilateralismo no es altruismo; es supervivencia.

Tiene pleno sentido trabajar estrechamente con las potencias intermedias, diversificar alianzas y escapar parcialmente del clivaje entre EE.UU. y China. Pero no podemos olvidar que un orden internacional sostenible no puede construirse solo sobre coaliciones ad hoc. Las instituciones siguen siendo indispensables. Dan predictibilidad, estabilidad y continuidad. Y en política internacional, como en arquitectura, los parches pueden contener una emergencia, pero nadie vive para siempre en un andamio.

Por Benjamín Salas, abogado, colaborador asociado de Horizontal

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