Por Natalia PiergentiliMuchos voceros, ninguna voz

El gobierno de José Antonio Kast parece enfrentar una paradoja: tiene cada vez más personas encargadas de explicar sus decisiones, pero no necesariamente una voz capaz de darles sentido. Y esa diferencia, que podría parecer simplemente comunicacional, dice bastante sobre las dificultades que hoy enfrenta La Moneda.
La aprobación presidencial cayó al 32%, según la Cadem del 4 de octubre. Las razones son múltiples y no corresponde atribuir ese deterioro a una sola causa. Pero hay una dimensión que merece atención: la dificultad para transformar las decisiones del gobierno en un relato que explique no solo qué se está haciendo, sino por qué y para quién.
Un dato resulta ilustrativo. Según la misma encuesta, un 67% vio o se informó sobre la cadena nacional en que el Presidente presentó el Presupuesto 2027. Sin embargo, entre quienes la siguieron, solo un 31% la evaluó positivamente, mientras un 49% lo hizo negativamente. El gobierno consiguió audiencia, pero no necesariamente adhesión. Y aunque parte de esa evaluación pueda responder al contenido de las medidas, el resultado muestra que hacerse escuchar no es lo mismo que convencer.
Tras la salida de la ministra Sedini, La Moneda optó por distribuir las vocerías entre distintas autoridades. La fórmula buscaba ordenar la comunicación del gobierno, pero está arriesgándose a producir el efecto contrario: multiplicar las explicaciones sin construir una voz. Las diferencias de criterio, las decisiones insuficientemente articuladas y las controversias que pudieron anticiparse terminan expresándose en mensajes fragmentados. Después vienen las aclaraciones, las rectificaciones y nuevas vocerías para explicar las anteriores. Una dinámica en que se habla cada vez más, pero no necesariamente se entiende mejor.
Una cosa es asumir los costos de decisiones difíciles y otra muy distinta es convertir cada anuncio en una controversia que exige nuevas explicaciones. Cuando eso ocurre, la comunicación deja de conducir el relato y pasa a administrar sus consecuencias.
Quizás La Moneda esté buscando la respuesta en el lugar equivocado. La multiplicación de vocerías parece partir del supuesto de que el problema es quién explica las decisiones, cuando la pregunta debiera ser cómo se construyen y articulan antes de anunciarlas. Porque las decisiones no se vuelven comunicables después de adoptadas: su capacidad de ser comprendidas y defendidas comienza a construirse mucho antes.
Por Natalia Piergentili, directora de asuntos públicos, Feedback.
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