Por Rodolfo JiménezLos desastres también se construyen

Cada nuevo temporal parece sorprendernos. Calles inundadas, quebradas activadas, viviendas anegadas, caminos cortados y servicios interrumpidos. Las intensas lluvias de los últimos días, desde Santiago hasta Tocopilla, vuelven a mostrar una vulnerabilidad que ya no puede atribuirse simplemente a la excepcionalidad del clima. Porque cuando un fenómeno se repite, deja de ser razonable tratarlo como una sorpresa.
La pregunta incómoda es otra: ¿Cuántas veces estamos dispuestos a reconstruir en los mismos lugares antes de reconocer que parte del problema está en cómo planificamos nuestras ciudades y territorios?
El cambio climático está alterando la frecuencia e intensidad de fenómenos extremos, pero una lluvia intensa, por sí sola, no constituye un desastre. El desastre ocurre cuando esa amenaza encuentra viviendas en quebradas, urbanizaciones sobre suelos inundables, cuencas intervenidas, humedales desaparecidos, extensas superficies impermeabilizadas, infraestructuras insuficientes y comunidades altamente vulnerables. En otras palabras, los desastres también se construyen.
Las mejores prácticas internacionales están comenzando a asumir esta realidad. El principio básico es simple: antes de invertir enormes recursos en corregir el riesgo existente, debemos dejar de producir nuevo riesgo.
El Banco Mundial lo sintetiza mediante tres decisiones aplicadas al desarrollo urbano: restringir, condicionar y promover. Restringir la urbanización en zonas donde el riesgo sea inaceptable; condicionarla a medidas específicas donde pueda ser mitigado; y orientar activamente el crecimiento y la densificación hacia aquellos territorios que presentan mejores condiciones de seguridad.
Esto obliga a cambiar una pregunta muy arraigada en nuestra planificación. Frente a un terreno ya no debería bastar con saber cuánto se puede construir. Tendríamos que preguntarnos también qué riesgo genera construir allí, quién asumirá ese riesgo y cuánto le costará posteriormente a la sociedad proteger esa urbanización.
La experiencia de Copenhague, Rotterdam o Singapur muestra además que adaptarse no significa simplemente construir colectores cada vez más grandes. Parques inundables, humedales, corredores verdes, calles capaces de conducir temporalmente el agua, suelos permeables y sistemas de retención predial conforman una nueva infraestructura urbana. La ciudad debe aprender a convivir con el agua, almacenarla e infiltrarla, en lugar de pretender exclusivamente expulsarla.
En Chile esto exigiría una transformación importante de nuestros instrumentos de planificación territorial. Los mapas de riesgo no pueden seguir siendo antecedentes que se superponen al final del proceso. Deben convertirse en una condición estructurante de las decisiones sobre urbanización, densificación e infraestructura, considerando escenarios climáticos futuros y no solamente registros históricos. También tendremos que asumir que habrá lugares donde no debamos seguir construyendo.
Chile consiguió transformar su experiencia sísmica en normas, instituciones y una cultura constructiva reconocida internacionalmente. Frente al cambio climático necesitamos realizar una transformación semejante en nuestra cultura urbanística. Después de cada desastre podemos volver a reparar caminos, limpiar quebradas, levantar defensas y reconstruir viviendas, pero si después autorizamos nuevamente la misma ocupación del territorio, estaremos preparando el próximo desastre.
La verdadera pregunta, entonces, no es qué hacer después de la próxima lluvia. Es qué debemos dejar de hacer antes de que vuelva a llover.
Por Rodolfo Jiménez, Académico del Instituto del Ambiente Construido, de la Facultad de Arquitectura y Ambiente Construido de la U. de Santiago
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