Por Álvaro SotoLa IA en una sociedad computarizada

La invención de la ampolleta deslumbró al mundo. Pasó largo tiempo antes de entender lo esencial: la luz era solo la primera aplicación de algo más profundo, el acceso ubicuo a energía de propósito general, capaz de mover fábricas, hogares y economías. Quienes vieron solo la ampolleta imaginaron una mejor lámpara; quienes entendieron la electricidad construyeron el siglo XX.
La IA es hoy la estrella del momento tecnológico. Sin embargo, no es el fenómeno de fondo, sino el eslabón más reciente, y probablemente el más brillante, de una transformación que lleva décadas en marcha: la computarización de nuestra sociedad. Entender esa diferencia es clave para las decisiones que definirán nuestro futuro.
Hace 80 años, en los tiempos prehistóricos de la computación, los primeros computadores eran grandes dinosaurios, reservados solo a unos pocos. El primer salto democratizador llegó en los años 80 con el computador personal, que acercó la computación a millones de escritorios y hogares. El segundo, fue Internet, que hizo que los computadores se conectaran y abrieran las puertas al conocimiento. Luego, el cómputo se hizo móvil y, apoyado en la nube, multiplicó su alcance.
Cada eslabón siguió el mismo patrón: el cómputo se fue acercando cada vez a más y más personas, pero hasta ahora solo mediante aplicaciones creadas por especialistas, como planillas de cálculo, procesadores de texto y navegadores. Una sociedad que usa computadores, pero donde pocos pueden programarlos.
Hoy, ese es precisamente el muro que la IA comienza a derribar en dos frentes. En el primero, por primera vez una persona puede programar describiendo en lenguaje natural lo que necesita: un almacenero crea una herramienta para gestionar su inventario; un médico para monitorear a sus pacientes; y un profesor para adaptar sus clases. El segundo frente es más profundo, pues el computador deja de ser una máquina que ejecuta y se convierte en un interlocutor que razona. Cada persona puede acceder a un tutor incansable, capaz de descomponer problemas, explorar alternativas y explicar cada paso. Una herramienta que no solo nos ayuda a resolver tareas, sino que también potencia nuestra capacidad de pensar, aprender y crear.
Así, el cómputo deja de ser un conjunto de aplicaciones que utilizamos y se vuelve una capacidad que las personas ejercen y adaptan a sus necesidades. Esa es la sociedad computarizada que se avecina, un cambio más profundo que cualquier aplicación de IA en particular.
¿Por qué mirar la transformación completa y no solo la IA? Porque sus implicancias son distintas. Quien solo ve la IA discute cómo regular un producto y quien ve la sociedad computarizada, entiende que el cómputo será un servicio básico, como la electricidad o el agua, que requiere infraestructura nacional. Quien solo ve la IA propone cursos de chatbots y agentes, y quien ve el panorama completo, promueve una nueva alfabetización, tan fundamental como el lenguaje y las matemáticas. Quien solo ve la IA teme por los empleos y quien ve la transformación, busca cómo poner estas herramientas al servicio de las personas para potenciar la fuerza laboral y no para reemplazarla.
La historia de la computación es la historia de su democratización, pero seguir esa trayectoria no está garantizado, requiere visión de futuro, con infraestructura pública de cómputo, modelos abiertos, regulación adecuada y amplia alfabetización. Hace un siglo, los países que se electrificaron temprano no vieron solo la ampolleta, sino la profunda transformación que apenas comenzaba con esa luz.
Por Álvaro Soto, Profesor UC, Director CENIA
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