Por Álvaro OrtúzarLa guerra en mi casa

Como muchos otros conflictos armados que se libran en el mundo, la guerra entre Estados Unidos e Irán iba a ser de ellos, distante. Por supuesto, eso no quita estremecerse cuando conocemos de la devastación de ciudades y la muerte de personas inocentes. Nuestras opiniones y sentimientos, eso sí, normalmente nacen de la información que se divulga por los medios y no por los efectos de la guerra en el ámbito personal y familiar. Hasta ahora.
Lo que vamos a comentar es insignificante en comparación con la magnitud del sufrimiento que las naciones en conflicto experimentan. En ese sentido, hay que pedir disculpas. Pero un chileno común, egoísta o no, se ha sentido tocado por la guerra en un ámbito material, emocional y religioso. En primer lugar, porque tenía la ilusión de nuevos proyectos para conseguir una vida más segura y próspera, y, a las dos semanas de instalado el gobierno, sufrió una frustración en sus expectativas. El aumento del precio de los combustibles, la consiguiente inflación, el incremento en los precios de los alimentos, se han explicado como consecuencia de la guerra. Se trata de observar hasta qué punto nuestras miradas se volcaron hacia ésta, que, de un día para otro, pasó a concernirnos como causa de un daño económico, y, por ende, personal y familiar.
En segundo lugar, cuando sentimos que algo importante nos afecta, miramos más de cerca las causas que lo provocan. Y en este caso, no es posible desentenderse de la figura del Presidente Trump. Los medios de comunicación, y particularmente las vastas redes sociales, lo responsabilizan de los efectos que, a menor escala, llevó a nuestras vidas. Su anuncio, entre otros muchos pavorosos, de que un martes a las 8 de la noche haría desaparecer una civilización y una cultura, llevándola a la Edad de Piedra, nos ha aterrado. Pensamos cómo un individuo puede llegar a tener un poder incontrarrestable, capaz de colocar a la humanidad en estado de catástrofe y no ser frenado por quienes pueden hacerlo, sus propios ministros declarándolo incapaz de gobernar, o el Congreso, si iniciase un impeachment.
En tercer lugar, nos afecta su virulencia en contra del Papa León XIV y con él, a los católicos del mundo. El Papa llamó a detener la guerra y consideró inaceptable la amenaza de hacer desaparecer a Irán. El Presidente ha querido ridiculizarlo divulgando una imagen generada por inteligencia artificial, donde figura imponiendo la mano sobre la frente de un enfermo, rodeado de acólitos en actitud de oración y, como fondo, aviones de combate americanos. El nuevo Cristo salvador llamó al Papa un ignorante y lo acusó de complacer a la izquierda radical. Ayer mismo, J. D. Vance, el vicepresidente de Estados Unidos, le recordó al Pontífice el concepto de la “guerra justa” -la de ellos contra Irán-, tanto como lo fue contra los nazis. Vuelve a colocar la guerra en nuestras casas, ahora en un terreno moral. Cuando un Presidente insulta al Papa, entonces amenaza con algo mucho mayor que cualquier concepto económico, como son los valores y creencias morales.
Reiteramos las disculpas por estas reflexiones egoístas.
Por Álvaro Ortúzar, abogado
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