Por Lucas PalaciosLa catedral del siglo XXI

Durante siglos, la humanidad construyó catedrales para elevar la mirada hacia el infinito. Robustas, hechas de piedra y madera, pero también de ideologías, mercados y sistemas. Cada época levantó la suya: una arquitectura de sentido que organizaba el mundo y le decía a las personas dónde estaban y hacia dónde iban. El siglo XX no fue la excepción. Su catedral fue el individuo y la libertad redefinida como autonomía de preferencias. El progreso comenzó a medirse como la capacidad de consumo individual. Una arquitectura seductora, que prometía emancipación y entregó, junto con logros reales, una soledad que todavía no sabemos nombrar del todo.
El problema es que esa catedral tiene ahora un nuevo arquitecto: la inteligencia artificial. Y no la construyó desde afuera, sino que aprendió de nosotros. Fue entrenada con los rastros que dejamos como consumidores, como usuarios, como audiencias. Aprendió a predecir nuestros deseos antes de que los formulemos, a personalizar cada experiencia hasta eliminar la fricción, a mantenernos dentro de burbujas diseñadas a nuestra medida. El resultado es una tecnología que no es neutral: lleva impresa la lógica del individuo reducido a sus preferencias. No nos conoce como personas, sino como patrones. No nos habla como ciudadanos, sino como mercado.
Algo se pierde en ese proceso. Algo que no es fácil de nombrar pero que todas las grandes tradiciones humanas han intentado proteger, cada una a su manera. Y es justamente ahí donde aparece un documento que merece atención más allá de sus destinatarios directos.
La primera encíclica de León XIV lleva un subtítulo preciso: “sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”. No dice “sobre la fe o evangelización en tiempos de IA”, sino que se refiere, en primer lugar, a la persona. Esa categoría central no es exclusivamente teológica. Pese a que la encíclica es explícitamente cristológica y defiende un credo anclado en la divinidad, responde asimismo a una realidad sociocultural concreta: el individualismo exacerbado por la tecnología, que pone en jaque el destino de la persona humana. Este planteamiento convoca a una conversación que ninguna tradición puede responder a solas.
El sujeto contemporáneo no es oprimido desde afuera: se explota a sí mismo convencido de que se realiza. Trabaja más, consume más, se optimiza más, y llama a todo eso libertad. Los algoritmos de atención, recomendación y producción no reconocen personas, sino perfiles que deben maximizarse. Por diseño, en este mundo la persona es un medio, no un fin. Así lo exigen la eficiencia y la rentabilidad. Pero tratar a una persona como medio es la definición precisa de deshumanización. Y lo notable es que contra esa definición se levanta hoy una convergencia que nadie había anticipado.
El ser humano siempre buscó explicación para aquello que no comprendía: un orden superior, un sentido que estaba más allá de él. Las religiones fueron, entre otras cosas, la arquitectura de esa búsqueda. Sin embargo, hoy la inteligencia artificial promete respuesta para todo: diagnostica enfermedades, predice comportamientos, optimiza decisiones, decide por las personas. Es una ilusión extraordinariamente convincente. Y la Magnifica Humanitas la nombra con precisión: la criatura moderna ya no busca a Dios en el cielo. Lo busca en la pantalla.
Ese diagnóstico, formulado desde adentro de la fe, podría ser el punto de partida de una alianza entre credos que nunca encontraron terreno común. No porque renuncien a sus profundas creencias, sino porque hay algo esencial en el ser humano que no puede ser delegado a un algoritmo: la defensa de la persona. La paradoja histórica es considerable, pues justo cuando las sociedades parecen más fragmentadas e incapaces de construir algo juntas, emerge una causa lo suficientemente profunda como para convocarnos a todos.
El siglo XX levantó su catedral en nombre del individuo. El desafío del siglo XXI es distinto. La nueva catedral no estará hecha de piedra ni de preferencias personalizadas. Estará construida sobre acuerdos acerca de qué no se puede hacer con un ser humano, aunque la tecnología lo permita. No es una construcción religiosa ni tampoco enteramente secular. Es un espacio de encuentro entre quienes, creyendo cosas profundamente distintas, reconocen que hay algo que vale la pena proteger juntos.
La pregunta decisiva de nuestra época no es qué puede hacer la tecnología, sino cuánto vale el ser humano. Y esa pregunta, ninguna máquina podrá responderla por nosotros.
Por Lucas Palacios Covarrubias, Rector Inacap
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