Por Cristóbal OsorioKast: Cuenta Pública Republicana

El cruce del umbral de La Moneda es el rito de pasaje más severo del poder en Chile. Hay una frontera implacable entre la intemperie de la batalla electoral y la solemnidad arquitectónica que custodia el Patio de los Cañones. En ese tránsito, el gobernante entrante —hasta ayer de puño cerrado y retórica de trinchera— se ve constreñido por la liturgia del cargo: sus brazos extendidos y sus silencios ya no son opciones tácticas, sino exigencias pragmáticas de supervivencia.
Esta tensión constitutiva entre la épica de la demolición y el imperativo de la continuidad ha moldeado las primeras cuentas públicas desde 1990 y debiese reiterarse en el próximo mensaje de José Antonio Kast, en la medida en que el mandatario se pliegue a la “gravedad republicana” que caracteriza a Chile y que ha permitido la domesticación institucional de cualquier ímpetu refundacional.
De todas formas, es esperable que el diagnóstico de “herencia deficitaria” tenga espacio; un clásico inaugural que busca la alusión negativa a la administración anterior como exorcismo retórico para justificar la urgencia del mandato propio.
Así pasó incluso con el moderado Aylwin, quien impugnó el modelo privatizador de la dictadura por generar un “serio retroceso en la situación de los más pobres”. Décadas más tarde, Bachelet inauguró sus mandatos apuntando a las deudas estructurales en inclusión y a una economía estancada. Piñera I fustigó “doce años de vacas flacas” y el colapso del Transantiago; Piñera II atacó la lógica “de la retroexcavadora” y los intentos refundacionales por socavar las bases del progreso consensual.
Sin embargo, consumado el desahogo, la terca realidad del Estado chileno impuso a cada mandatario un giro pragmático. Aylwin valoró las reformas constitucionales previas como un “hecho auspicioso”. Frei Ruiz-Tagle elevó este realismo a doctrina: “No recibo un país en ruinas”. Lagos convocó a cogobernar a los “amigos y amigas del Parlamento”. Piñera I buscó la unidad del país tras el terremoto al concebirlo como una “gran familia”; y la muestra más nítida la dio Boric al reconocer los aciertos de su antecesor: “las buenas políticas públicas tenemos que continuarlas como políticas de Estado”.
Así debería suceder con Kast. Al menos es deseable que el actual Presidente descubra el valor de la “conversión republicana”, pues en la gobernanza de la complejidad social no se puede partir de una “hoja en blanco”: es indispensable edificar sobre los cimientos de los mismos adversarios a quienes se combatió en las urnas.
En la medida en que el actual Presidente decida honrar su raigambre tradicionalista, asumirá el deber de clausurar la retórica de confrontación. Bajo el supuesto inverso, el país se aproximará a la degradación institucional que hoy paraliza a Argentina y Perú.
Al comparecer ante el Congreso Pleno, Kast enfrentará su verdadero examen de madurez. Este rito no es una auditoría a la era Boric, sino un espacio para trazar esperanzas y no profundizar la fractura cívica; el hito para transitar de la estridencia electoral a la responsabilidad histórica, asumiendo que la solidez del futuro depende del respeto por los cimientos heredados.
Por Cristóbal Osorio, profesor de Derecho Constitucional, Universidad de Chile
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
Plan Digital+$6.990 al mes SUSCRÍBETE











