Opinión

Invertir no es lo mismo que crear empleo

MARCELO HERNANDEZ/ATON CHILE

Durante buena parte del siglo XX, Michigan fue el corazón industrial de Estados Unidos. La industria automotriz levantó fábricas, proveedores y ciudades enteras alrededor de Detroit. En su apogeo, la planta River Rouge de Ford llegó a emplear a cerca de 100 mil personas.

La automatización y la competencia internacional cambiaron esa realidad. Hoy Michigan busca recuperar su dinamismo y generar buenos empleos.

En Saline Township, una pequeña comunidad rural de Michigan, se construye uno de los mayores centros de datos de Estados Unidos, vinculado a Oracle y OpenAI, con una inversión anunciada de US$16.000 millones. Para poner la cifra en perspectiva, en Chile son excepcionales los proyectos que superan los US$1.000 millones y solo se vislumbran tres por sobre los US$4.000 millones en los próximos años, según la Corporación de Bienes de Capital (CBC).

Michigan hizo esfuerzos para atraer este tipo de inversiones y modificó su legislación para ofrecerles beneficios tributarios. Pero cuando el proyecto llegó a Saline, parte de la comunidad se organizó para rechazarlo y oponerse a nuevas inversiones similares.

Las razones de los opositores: la demanda eléctrica, el uso de agua, el ruido y la transformación de terrenos agrícolas. En la vereda contraria, los promotores: el aumento de la recaudación tributaria local y el crecimiento. Pero más allá de la tradicional tensión, hay una inquietud adicional: ¿qué queda en la comunidad cuando se instala una inversión de US$16.000 millones?

El centro de datos generará alrededor de 450 empleos permanentes. Es un tipo de inversión muy distinto al que Michigan conoció durante su auge industrial. No requiere grandes cantidades de trabajadores ni construye necesariamente un ecosistema local de proveedores, empleos y salarios alrededor de la planta.

La relación inversión-empleo es cada vez menos directa.

En Chile, donde todas las esperanzas se han depositado en acelerar y atraer grandes proyectos, este desacople entre inversión y empleo también ocurre, y se seguirá profundizando.

Por ejemplo, cerca de la mitad de la inversión anunciada corresponde a proyectos mineros o energéticos (CBC). Ambos sectores son cada vez más intensivos en capital y menos en trabajo.

Según Reporte Minero y Energético, más del 40% de la gran minería ya opera faenas a cientos de kilómetros de distancia. Esto ha permitido automatizar tareas críticas y avanzar hacia una reconfiguración tecnológica de la producción.

Los proyectos de generación y transmisión eléctrica tienen el mismo patrón. Según los datos reportados (SEA), el proyecto Volta de hidrógeno verde en Mejillones contempla una inversión de US$1.250 millones y generará 297 puestos de trabajo en su etapa de operación. La línea de transmisión Kimal-Lo Aguirre, con una inversión de US$1.480 millones, generará alrededor de 30.

Podemos, en el mejor de los casos, generar un boom de inversión minera y energética sin generar un boom equivalente de buenos empleos.

Eso no significa que esas inversiones sean menos importantes. Una minería competitiva y una energía abundante y barata pueden elevar la productividad y crear condiciones para que aparezcan nuevas actividades económicas.

Pero al igual que Saline, Chile enfrenta varios problemas económicos y no todos se resolverán con el mismo botón. Para crecer, debemos seguir facilitando las inversiones que nuestras ventajas permiten atraer, pero también preguntarnos qué inversiones necesitamos para enfrentar otros desafíos, como la creación de buenos empleos.

*El autor de la columna es socio en Marshall | Johnson

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