Opinión

Esa música

En uno de esos raptos sincrónicos que de vez en cuando capturan a la política chilena, esta semana se habló reiteradamente de quién “pone la música” al gobierno. La metáfora tiene orígenes muy poco elegantes, pero, ya sanitizada, supone que el gobierno no logra hacer lo que ha previsto y que alguien, una fuerza distinta, está definiendo lo que realmente puede lograr. Se entiende que ese alguien no es de la oposición, sino que participa, total o parcialmente, de los grupos que respaldan al gobierno.

Ponen o aspiran a poner la música el Partido de la Gente y el Partido Nacional Libertario, ambos autoexcluidos de la coalición de gobierno, pero indudablemente ligados a él, aunque sólo sea por el apoyo que han prestado al oficialismo en sus proyectos legislativos. También son ideológicamente próximos -por flancos diferentes- y hasta compartieron electores en las votaciones pasadas. De acuerdo con un estudio del CEP realizado tras la primera vuelta, la votación de Johannes Kaiser seguía en Santiago el mismo patrón territorial que la de Parisi, sólo que en segundo lugar.

El PDG traspasó un enorme caudal de votos a José Antonio Kast en la segunda vuelta presidencial: más de un 90% de lo que obtuvo Franco Parisi, mientras que menos de un 10% de ese total se desplazaba hacia Jeannette Jara. Sin ese aporte, difícilmente Kast hubiese alcanzado el 58,17% con que triunfó. Pero algo similar puede decirse de los votos del PNL y Johannes Kaiser, no obstante que ocupó el cuarto lugar en la primera vuelta. Kaiser podría alegar, sin embargo, que su electorado era más “puro”, desde que nada o casi nada de su resultado inicial se traspasó a Jara.

El PDG nace de la identificación, por Parisi, de una “clase media emergente”, desinteresada de la política y afectada por la indiferencia de los gobiernos, una clase antiideológica y antielitista, para la cual la principal virtud de un gobierno sería la de ofrecer oportunidades. Esta clase -dejemos de lado por un momento el rigor sociológico- adopta un sesgo autoritario frente a los males que la afectan directamente, pero la dureza no es su medida de la política.

El PNL, en cambio, no nace de una observación estratégica de la política local, sino de un desgarro táctico del Partido Republicano por su flanco derecho: es un grupo donde se junta el espíritu competitivo de dirigentes que nunca vieron en Kast a un líder de su temple, con la idea (ya ensayada frente a Chile Vamos) de que el país necesita una derecha más severa, menos dialogante, ortodoxa, fuerte, intransigente, resistente y autoritaria. El PNL no habla de clases, sino de temas, y no pretende defender intereses, sino principios.

La principal lógica del PDG es la agregación. Su propósito es “identificar los dolores de distintos grupos” para irlos sumando a su proyecto; y parece más fácil cuanto más abandonados se sienten esos grupos por el Estado politizado al que se enfrentan. En cierto modo, el PDG es el resultado de la ceguera del antiguo centro político y de la miopía ideológica de la izquierda. Pero eso no significa, como algunos profetizan, que esto vaya a propiciar el triunfo de Parisi en el 2030. Son cosas distintas, joder.

La principal lógica del PNL es la segregación. Su énfasis en la “batalla cultural” tiene un propósito purificador, un esfuerzo por quitar el mal no sólo de la macroeconomía, sino también de las conductas que secuestran e infectan los valores, y que por esa vía van destruyéndolo todo. El PNL querría una revolución, si esa palabra estuviese menos contaminada por el nihilismo. Pero en suma: el proyecto de la integridad no puede darse el lujo de ser compasivo y la política no debe pretender exceptuarse.

Hasta cierto punto es sorprendente que, antes de cumplir un semestre a cargo de La Moneda, Kast, la figura más intransigente de la derecha chilena en el siglo XXI, ya parezca el moderado de la misma derecha. Los dos grupos que aspiran a reemplazarlo se disputan el privilegio de poner la música jugando con los votos de sus parlamentarios, que también es una manera de depreciarlos. Y es sorprendente sólo hasta cierto punto, porque también es verdad que los estímulos para ir polarizando a la derecha venían con claridad desde el gobierno de Boric y de sus fundamentos.

¿Habría que esperar entonces que el mundo de la izquierda sintiese ahora un llamado semejante, una incitación a polarizar sus posiciones más allá del eje PC-FA, como estos lo hicieron respecto del Socialismo Democrático? Es posible.

No puede descartarse la posibilidad de que, ante un panorama parlamentario en el que podría ser minoría por cuatro años, la izquierda impaciente alimente impulsos centrífugos que empujen más y más a la izquierda, tanto respecto del modelo social como de la democracia misma. No hay cosa más frustrante que dialogar para ser derrotado.

Eso ya ocurrió en la Unidad Popular y Daniel Mansuy identificó algunas semillas de lo mismo en su estudio sobre el FA, por ejemplo, en la admiración hacia el MIR y otros grupos revolucionarios. Es verdad que estas son como niñerías. Pero las niñerías son la forma en que comienzan las grandes peloteras, por la derecha o por la izquierda, y después no hay quién las pare. No hay quién pare la música, pues.

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