Por Josefina AraosEl punto ciego de Jorge Quiroz

Esta semana el gobierno, de la mano del ministro Jorge Quiroz, consiguió un triunfo parcial (y estrecho), pero significativo: la aprobación en particular en el Senado del proyecto de reconstrucción nacional. Las batallas culturales –término que el mismo secretario de Estado usó al presentar la agenda económica del Ejecutivo– son de largo aliento, pero es claro que aquí se ganó una primera e importante etapa. Su lucha avanza a paso firme.
En este sentido, es importante reconocer los méritos del titular de Hacienda. Su paquete de reformas ha tenido la virtud de empujar la acción de La Moneda: ha dibujado un horizonte ideológico claro, poniendo foco en materias de urgencia ciudadana, y con eficacia legislativa, algo difícil de asegurar en tiempos de tanta fragmentación. En el marco del programa del Presidente Kast, se trata además de la emergencia quizás más necesaria de abordar, no porque sea la más importante, sino porque es la condición de posibilidad de casi todo lo demás. Ya se recuperó el consenso básico, después de severas desorientaciones, de que el crecimiento es la base para avanzar en cualquier otro frente.
Ahora bien, el mismo arrojo y convicción del ministro evidencian sus dificultades, que permean a su vez al gobierno. No se trata solo de su tendencia al excesivo protagonismo, a costa de las negociaciones que realizan los ministros Alvarado y García Ruminot en favor de su agenda, sino del tipo de sesgos que acompañan su batalla. Tal vez el problema resida justamente en la comprensión que Jorge Quiroz tiene de la naturaleza de su papel y apuesta. Porque cuando se está en el medio de una batalla cultural, se imponen inevitablemente sacrificios que, en otras circunstancias, sería relevante considerar. Todo vale por el avance de una agenda en la cual se juegan cosas tan importantes, y las únicas disposiciones que parecen contar son las del coraje y la determinación. Pero la verdad es que esto mismo revela por qué este registro es tan complicado al interior de la política, donde siempre hay que considerar otras dimensiones; donde siempre hay que preguntarse por los “costos” que implica una decisión. Eso es lo que se le ha escapado al ministro, como vimos ante el anuncio del alza de combustibles a inicios de año (carente de toda gradualidad) y como seguimos advirtiendo en los frustrados cambios de último minuto en su propio proyecto (impidiendo concretar el respaldo del PPD). Cuando predomina la lógica de la lucha, todo se subordina al triunfo sobre el adversario y al máximo avance posible en cada fase de la disputa.
Pero conviene recordar que el ministro y el gobierno no solo tienen adversarios al frente, sino también una ciudadanía sin muchas razones para confiar en los eventuales beneficios de las medidas aprobadas, por necesarias que estas sean. Es indispensable por lo mismo dar certidumbre hoy a quienes siguen apoyándolos, algo que no solo se logra aplicando medidas económicas de corto plazo. Se requiere también diversificar los frentes de acción del Ejecutivo. Porque las personas buscan contar con más recursos en sus bolsillos para llegar a fin de mes, pero demandan también respuestas en tantas otras materias relevantes. La cuenta pública tuvo la virtud de recordar que la economía no era el único marco ideológico del gobierno (cuyo predominio lo vuelve a ratos tan paradójicamente parecido al registro de la derecha de la cual Republicanos quiso distanciarse), sino también la seguridad, la educación, la familia, los niños. Que los inspira el objetivo de ofrecer certezas en las distintas dimensiones de la vida, como ha conseguido hacer el presidente en su despliegue en medio del temporal de este fin de semana. Esa fundamental tarea requiere de distintas vocerías y herramientas. Solo así habrá más probabilidades de éxito en la tan difícil tarea de administrar la espera de quienes ya no creen que valga la pena hacerlo, y cuya decepción puede pavimentar el camino de aquellos que están al acecho.
Por Josefina Araos Bralic, investigadora IES.
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