Opinión

El otro tipo parpadeó

En 1962, el mundo presenció con angustia un momento crucial de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética: la crisis de los misiles.

Contado en corto: Washington detectó que Moscú había instalado misiles nucleares en Cuba. John Kennedy respondió con un bloqueo naval y la exigencia de desmantelar esos misiles, mientras analizaba una operación militar para destruirlos.

Por trece días, el mundo estuvo en vilo, hasta que Nikita Kruschev cedió. Sacó los misiles a cambio de un compromiso estadounidense de no invadir la isla, y de la retirada de cohetes estadounidenses ubicados a tiro de cañón de la Unión Soviética.

El resultado fue un punto de inflexión de una guerra de propaganda en la que hasta ese momento la URSS sumaba golpe tras golpe a su favor.

La crisis de los misiles cambió la marea. El entonces embajador soviético en Washington admitiría que la élite moscovita consideró el acuerdo como “un golpe a su prestigio que rayaba en la humillación”. Dos años después, la nomenklatura sacó a Kruschev del poder.

El entonces secretario de Estado norteamericano, Dean Rusk, lo resumió con una frase célebre: “Estábamos mirándonos fijamente a los ojos, y el otro tipo parpadeó”.

Esta semana, 64 años después, el mundo volvió a agitarse con la angustia de un ultimátum. En una seguidilla cada vez más delirante de mensajes, Donald Trump terminó por decretar “la muerte de una civilización” si Irán no se rendía para las 8 de la noche del martes 7 de abril de 2026.

Es cierto que la credibilidad de las amenazas de Trump es mínima. Ya antes de la guerra de Irán, se había popularizado el término “TACO” (“Trump Always Chickens Out”, algo así como “Trump siempre se acobarda”) para ridiculizar sus múltiples amenazas luego retractadas en temas como la guerra comercial, los aranceles con China o la invasión de Groenlandia.

Y la guerra en Irán ya había visto “tacos” constantes, con ultimátums sucesivos que Trump ampliaba u olvidaba para reemplazarlos por otros, más perentorios y agresivos.

Sí, era Pedrito y el Lobo. Aunque, por otro lado, Pedrito no es un dechado de estabilidad mental y tiene un dedo sobre el botón nuclear. El mundo estaba tan tranquilo como puede estarse cuando un desequilibrado te apunta a la cabeza con una pistola cargada, mientras, con el dedo en el gatillo, inicia una cuenta regresiva.

Al final, la peor amenaza de Trump terminó siendo su más humillante “taco”. Poco antes del plazo final, anunció una tregua de dos semanas, durante la cual Estados Unidos e Israel dejarán de bombardear Irán, mientras ese país reabre el estrecho de Ormuz.

En otras palabras, exactamente la misma situación de antes que Netanyahu y Trump lanzaran su “furia épica” contra Irán.

El coste militar y económico de la guerra para Estados Unidos es evidente. Para Trump es aun más claro: inflación en casa, una brusca caída de su popularidad, que ya venía golpeada, un conflicto abierto con varios de los principales influencers de la secta MAGA, y el riesgo de sufrir una derrota en noviembre, que entregue el control del Congreso a la oposición.

Pero el costo más grave para Estados Unidos es otro; en este último año, ha tirado por la borda el orden global que él mismo había impuesto, y que le permitió ser la potencia hegemónica del planeta por los últimos 35 años.

Estados Unidos ya no cuenta con sus aliados de la OTAN para sus aventuras militares; se ha quedado solo. Apenas puede esperar incondicionalidad de aliados anecdóticos, como la Argentina de Milei. Y en cuanto a Israel, esta aventura ha mostrado que la relación es más bien a la inversa. Increíblemente, un país 444 veces más pequeño, 36 veces menos habitado y con una economía 48 veces más débil, controla a la mayor superpotencia del mundo.

Una detallada crónica del New York Times cuenta cómo la guerra en Irán no fue ideada por el Departamento de Estado, el Pentágono o la CIA. Fue un invento de Benjamin Netanyahu, quien convenció personalmente a Trump de que se llenaría de gloria con una guerra fácil, una especie de versión persa del operativo de captura de Nicolás Maduro.

Lo más escalofriante de la crónica es que nadie en la cúpula del poder de Washington pensaba que era una buena idea. Todos entendían que Netanyahu había engañado a Trump. Y, sin embargo, nadie se atrevió a contradecirlo. Decisiones existenciales sobre el futuro de la Humanidad no se toman hoy en Washington con debates y argumentos racionales, sino como en una secta en que nadie se aventura a razonar con el líder.

Todo esto, que ya era evidente, ahora se volvió inocultable. El enorme daño a la economía mundial y el nivel de desquiciamiento de las amenazas del presidente se volvió demasiado, incluso para quienes se habían pasado un año justificando cada nueva aberración que saliera del salón oval.

Esa imagen de Trump despotricando desde un balcón de la Casa Blanca sobre la guerra, con un conejo gigante a su lado, fue más elocuente que mil palabras. Hasta para este desquiciado 2026, la locura ya ha llegado demasiado lejos.

Y el resultado es lo que algunos analistas llaman el “Momento Suez” de Estados Unidos, aludiendo a la Crisis de Suez de 1956, considerada como el momento que simbolizó el fin del Reino Unido como superpotencia global.

Tal como Londres entonces, ahora Washington sobreestimó el alcance de su poder, chocó de frente con una nueva realidad geopolítica, y se quedó solo y obligado a una retirada humillante.

En 1962, un líder responsable guio a Estados Unidos por una crisis con firmeza y responsabilidad, y cimentó su papel de superpotencia global. En 2026, un caudillo desequilibrado provocó una crisis con su actuar temerario, y evidenció ante el mundo las miserias de un superpoder cada vez más desnudo.

El contraste entre la célebre aparición de Kennedy en televisión, la noche del 22 de octubre de 1962, firme y sereno; con los erráticos posteos de Trump, repletos de insultos, garabatos y amenazas, no puede ser mayor.

Y nos muestra cómo se ve, en tiempo real, la decadencia de un imperio.

Uno que, esta vez, parpadeó primero.

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