Por Rafael SousaEl gobierno y los jóvenes de clase media

Uno de los fenómenos más interesantes de las últimas décadas ha sido la izquierdización de los “hijos de la elite” (la base del Frente Amplio), nacidos entre los años ochenta y noventa en familias de clase media alta, con títulos universitarios, cuyo discurso es crítico de las condiciones que habilitaron su propio bienestar. Se los ha descrito como socialmente desanclados, culposos de sus privilegios o inconscientes de los traumas que nuestro país sufrió una o dos generaciones antes de ellos. Pero solo seis meses atrás se nos reveló un nuevo fenómeno. Los más de 2.500.000 votos que logró Franco Parisi (según DecideChile se habría llevado un tercio de los sufragios entre menores de 35 años) constituyeron una nueva expresión política de la clase media joven. No eran hijos de los ganadores de la transición, sino de la ampliación de la educación superior, forjando su futuro con mucho trabajo, indiferentes a discusiones ideológicas distantes de su experiencia vital. También se los ha descrito con desdén como egoístas, desinteresados en los asuntos públicos y movilizados por no mucho más que el consumo.
Los dos fenómenos coinciden en la frustración de segmentos menores de 35 años, educados y de clase media. Los primeros por lo que Gerhard Lenski identificó como “inconsistencia de estatus”, esa insoportable brecha entre, por ejemplo, la abundancia de títulos y la carencia de reconocimiento en sus trayectorias profesionales. Los segundos por fragilidad, porque enfrentan el rigor del mercado mientras ven pasar, por arriba y por abajo, la ayuda del Estado. Para ambos, el orden político y social que recibieron de sus padres no alcanza. No dejan de tener razón. La caricatura de generaciones nacidas en tiempos fáciles es injusta. Les tocó un mercado mucho más competitivo y a la vez estancado, ven la vivienda propia como una utopía, las tecnologías que aprenden durante sus carreras han sido reemplazadas cuando egresan y, ahora, es la propia tecnología la que los está reemplazando.
Mientras, el gobierno ha presentado su “megarreforma”, que fundamentalmente impulsa la economía desde la oferta. El grueso de sus medidas va en la orientación correcta, pero el presidente de la Cámara, Jorge Alessandri, tiene razón cuando advierte la ausencia de señales para la clase media, especialmente -agregaría- para aquellos que cursan la educación superior o están de sus primeros diez años de trayectoria laboral, quienes constituyen la viga maestra de la estabilidad política y social. El gobierno debiera tomar nota del 27% de aprobación que alcanza entre los menores de 35 años, cuya paciencia va en retirada, quizás percibiendo una ortodoxia económica indiferente a sus urgencias. Poner atención a esta clase media joven, especialmente en materia de empleo y vivienda, significa una oportunidad para el gobierno de ampliar su base de apoyo, pero especialmente es una necesidad en cuanto al control de un malestar que, pese a estar en fase fría, sigue constituyendo una amenaza.
Por Rafael Sousa, socio en ICC Crisis, profesor de la Facultad de Comunicación y Letras UDP
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