Por César BarrosEl fin de la empatía

En una reunión de empresarios -en realidad de amigos- en relación al nuevo gobierno de la “derechita valiente”, hubo un comentario general que me llamó mucho la atención: “en este gobierno, no conocemos a nadie, y nadie nos conoce. Es realmente difícil hacer llegar ideas, sugerencias o dudas”.
Hasta Bachelet I -o sea los benditos 20 años- existía una cierta empatía entre el empresariado, la centroderecha y la centroizquierda, para avanzar en acuerdos importantes: el socialismo democrático se allanó al mercado y la economía mixta, y la centroderecha a la existencia en Chile de desigualdades impresentables. Lo cierto es que en los años 60 -incluso durante la UP- siempre hubo diálogo entre el Movimiento Gremial en la PUC con la JDC y también con el MAPU. Enemigos en las votaciones, pero al final, compañeros de curso; debates notables de Jaime Guzmán con Miguel Ángel Solar, entre Miguel Kast y Pedro Pablo Diaz, y así en otras escuelas y facultades.
Pasado el Gobierno Militar, esa empatía regresó a la política, con Jaime Guzmán apoyando la presidencia de Gabriel Valdés en el Senado o con Sebastián Piñera apuntalando a Alejandro Foxley y a sus Cieplan boys. Notable también fue el evento en que la DC casi se queda sin candidatos en una elección importante, por un tema formal/burocrático con el Servel, y Pablo Longueira, presidente de la UDI, consideró impresentable que el principal partido de la Concertación quedara fuera del juego democrático, y se hizo una ley unánime que corrigió el problema.
Los que creen que la llegada al plebiscito del año 88 fue una rebelión popular yerran; fue un largo camino de diálogo entre “la derechita cobarde” y la centroizquierda moderada, enfrentadas a aquellos que postulaban los fusiles del FPMR, y a los que querían a un “Pinochet forever “ (y que no eran pocos, y además eran muy poderosos). Pero finalmente, se impuso en la centroizquierda el sentido común: el voto y el lápiz, contra el fusil que proclamaban sectores más extremos. Y en la derecha se impuso el diálogo, la negociación leal y, en el fondo, la confianza entre quienes se conocían desde los colegios y las universidades.
La pena es que las nuevas generaciones de políticos no se conocen entre ellos, no tienen amistad cívica, y solo buscan destruir al adversario tornado en enemigo. Así se explican las actitudes, discursos y emplazamientos de los Kaiser, los Manouchehri/Ciccardini y los parlamentarios del bloque FA/PC. El diálogo es cobardía; ceder es derrota. Y tal como Republicanos y Libertarios trataban a Chile Vamos de “derechita cobarde”, ahora los Manouchehri del PS, tratan a sus colegas dialogantes de “izquierdita cobarde”. Y lo peor, es que sacan adelante el discurso descalificador y guerrero contra el diálogo y la razón.
Se ha perdido la empatía: esa capacidad para comprender y compartir las emociones de los demás, fomentando la resolución de conflictos con respeto mutuo. Ya Chile no es una sociedad compuesta por ultrarricos y ultrapobres: domina una gran clase media, que ansía ser escuchada, y a la que las peleas de los políticos nada les importa. Y con la cual ninguno de los extremos logrará conectar.
Por César Barros, economista
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