Opinión

El fin de la comunicación de gobierno

Foto: Mario Téllez MARIO TELLEZ

Es muy pronto para ser críticos de la nueva administración, pero siempre es buen momento para reflexionar sobre asuntos relevantes que forman parte del contexto de decisiones que han sido más bien erráticas y confusas. Una de ellas tiene que ver con las lógicas que priman en la comunicación política, las cuales han variado más que significativamente en los últimos años.

A mi juicio, una primera idea se relaciona con la distorsión de las campañas. La lucha por llegar al poder siempre ha sido indiscriminada, pero en los últimos años la comunicación electoral devino en “marketing político”, en función del cual la venta de un candidato no sería muy distinta a la de cualquier bien de consumo—o a la de un detergente, como sugería Phillipe Mareek—. Lo único importante son los votos y, si en el camino menoscabamos algún valor democrático, pues bien vale la pena.

Pero el fenómeno más novedoso es el que podríamos entender como “el fin de la comunicación de gobierno”—, o al menos como usualmente la entendemos. Los expertos en el área solían hablar de “comunicación institucional”, la cual se diferenciaba con distancia del vértigo campañero. El poder ya se había obtenido, por lo que ahora tocaba revestirlo de sobriedad, altura y sentido republicano. Ya no interesaba ganar más votos, sino más bien transmitir una imagen del poder, la cual por esencia debía ser solemne e inclusiva.

En la actualidad, se vuelve extremadamente difícil encontrar un buen ejemplo de esta distinción. Hasta los líderes más sobrios han tenido que enfrentar la demagogia con simplismo y polarización. Sin embargo, esto no implica que el camino tomado sea el correcto. Curiosamente el mismo Presidente Kast nos mostró esta tensión, dando a entender una comprensión acabada del fenómeno. Luego de llegar a La Moneda con una narrativa más bien polarizante, nos sorprendió a todos en su discurso triunfal, donde optó precisamente por la “fomedad”, la inclusión (pidiendo respeto para Jara) y la responsabilidad (regulando expectativas). A eso le siguió la “vuelta de las corbatas”, el tono dialogante con la administración previa y los gestos republicanos. Había que “habitar el cargo”, y bien sabían que eso no se lograba simplemente con el regreso de los trajes de autor a La Moneda.

Pero por algún motivo todo terminó. En poco tiempo, y con la primera crisis, se dio rienda suelta a minutas más bien beligerantes, pomposas, imprecisas e irresponsables, dando la impresión de que en el segundo piso no existieran asesores presidenciales, sino más bien un comando de campaña, vendiendo decisiones como si fueran detergente.

La conclusión es sencilla: así como volvieron las corbatas, volvamos también a la sobriedad, la “fomedad” y la solemnidad de la agonizante comunicación institucional.

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