Opinión

Educación: la desigualdad fundante de la brecha persistente

La primera institución de educación secundaria del Estado, el Instituto Nacional, fue fundada en 1813 exclusivamente para niños y jóvenes. Sus equivalentes femeninos, el Liceo Fiscal Carlos Waddington de Valparaíso y el Liceo N° 1 de Niñas de Santiago, nacieron ocho décadas más tarde. Y cuando por fin llegaron, sus asignaturas fueron desiguales.

La Ley de Instrucción Primaria de 1860 apartó deliberadamente a las niñas de la geometría, la química, la agricultura y la vacunación, reemplazándolas por la economía doméstica, la costura y el bordado.

En 1842, al nacer la Universidad de Chile con Andrés Bello como su primer rector, sólo aceptaba hombres. Las mujeres debimos esperar 35 años para poder ingresar a la educación superior gracias al Decreto Amunátegui, logrado tras el segundo intento de la educadora Isabel Le Brun, después de que la primera demanda de Antonia Tarragó fuera rechazada.

Esta arquitectura tardó más de un siglo en desmontarse. En 1912 se igualaron formalmente los planes de estudio de la educación secundaria, permitiendo que las jóvenes accedieran a asignaturas científicas, aunque persistieron ramos diferenciados. La Ley de Educación Primaria Obligatoria de 1920 continuó separando a niños y niñas en determinadas labores y asignaturas. Fue la Reforma Educacional de 1965, impulsada por Eduardo Frei Montalva, la que unificó por primera vez el currículo de niñas, niños y jóvenes y masificó los liceos mixtos.

Esta desigualdad fundante en las posibilidades de acceso a la educación primaria, secundaria y superior, y a los currículos unificados, es la causa de las brechas persistentes hasta el día de hoy en las carreras de ciencia, ingeniería, matemáticas y tecnología, conocidas por sus siglas en inglés como STEM.

En el proceso de admisión universitaria 2025, el Ministerio de Educación reportó que solo el 32% de quienes fueron seleccionados en carreras STEM son mujeres. Y si se mira la matrícula efectiva de primer año, la cifra baja a 20,8%, según el Informe de Brechas de Género en Educación Superior 2024. Así, mientras las mujeres son mayoría en las matrículas de primer año de pregrado (52,6%), en STEM son tan solo una de cada cinco.

No soy de quienes creen que el futuro es STEM. Por el contrario, las humanidades, las ciencias sociales y las artes no pueden subestimarse: son fundamentales para el desarrollo del ser humano, de las sociedades y de las economías. El pensamiento crítico y la sensibilidad estética no pueden ser relegados.

Sin embargo, tomar conciencia de las desigualdades fundantes en el acceso a ciertas materias y a determinados niveles educacionales nos permite comprender de mejor manera por qué acciones de apoyo a determinados grupos no son injustas ni antimeritocráticas, sino todo lo contrario. Son profundamente justas, porque se hacen cargo de la injusticia inicial que tiene consecuencias hasta el día de hoy. Por eso celebro la decisión de la primera universidad de nuestro país de crear en el año 2014 el Programa de Ingreso Prioritario de Equidad de Género en su Facultad de Ingeniería (Beauchef): 85 cupos especiales para mujeres bajo el puntaje de corte regular. En diez años, la participación femenina en Ingeniería y Ciencias subió de 19,8% a 32,5%. Este modelo fue la base de la política nacional “Más Mujeres Científicas”, a la cual hoy adhieren muchas universidades.

A su vez, la memoria del pasado —especialmente en momentos en que, en determinados espacios, se pone inconcebiblemente en duda el voto femenino intentándolo sustituir por un voto familiar— nos permite tomar conciencia de que el estado actual en que las mujeres nos encontramos es conquistado.

Volver la mirada a los orígenes de nuestros derechos educacionales, políticos, civiles y laborales es hoy apremiante. Espero haber aportado en estas palabras a la conciencia y memoria de las desigualdades iniciales, avances alcanzados y brechas persistentes en nuestra educación. Continuaremos…

*La autora es presidenta ejecutiva de ChileMujeres

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