Opinión

Cuesta abajo

Inteligencia artificial

Los últimos quinientos años no han sido fáciles para nuestra autoestima. El primer golpe lo dieron Copérnico y Galileo: nuestro planeta no es el centro del sistema solar. Luego Einstein demostró que en el universo no hay lugares privilegiados. Y el tiro de gracia lo dio Hubble, quien nos explicó que nuestra galaxia era solo una de muchas. O sea, no somos el centro de nada, y estamos en un lugar cualquiera.

Darwin, por otro lado, demostró algo más incómodo: que nuestro origen no era tan divino, y que nuestro parentesco con otros animales era más cercano a lo anticipado. Y como si fuera poco, Freud (dejando de lado sus otros errores conceptuales) acertó al mostrar que muchas de nuestras decisiones no sólo no eran totalmente racionales, sino que tenían un componente inconsciente. Es decir, al menos algo que no controlamos directamente.

Kahneman y Tversky le agregaron más pelos a la sopa. Sus estudios comprobaron empíricamente que muchas de nuestras decisiones no son siempre el resultado de un análisis lógico, ya que también se apoyan en prejuicios o preconcepciones frecuentemente equivocadas.

Y finalmente, el aporte de la neurociencia. Benjamin Libet, Daniel Wegner, Itzhak Fried y otros no son nombres muy conocidos fuera de esta disciplina. Dicho esto, si bien sería exagerado afirmar que sus experimentos han demostrado que el libre albedrío no existe, lo concreto es que han sembrado muchas dudas con respecto a su existencia.

En este panorama de pérdida de estatus y capacidad de autonomía, es que aparecen Claude, Gemini, ChatGPT y otros LLM (la sigla en inglés con que se conoce a estos productos). Lo concreto es que estos representantes de la IA no solo han pasado el test de Turing con impresionante facilidad, sino que han demostrado tener una capacidad de “raciocinio” superior o comparable a la nuestra en muchos ámbitos.

En términos más precisos: los seres humanos toman decisiones y analizan situaciones usando una mezcla de intuición, experiencia y algo de lógica formal (si A, entonces B; o, P y Q, implican R). Los impresionantes logros de los LLM, en cambio, se basan en detectar patrones en base a análisis estadísticos de una gran masa de datos. Es decir, una manera de “pensar” aparentemente distinta a la nuestra. Y sin embargo, funciona. O sea, ni siquiera nuestra manera de pensar es única.

Pero hay un detalle. Cada uno de estos golpes lo asestó la razón humana: todos han sido autoinfligidos. Quizás nuestra única peculiaridad sea la capacidad de darnos cuenta, poco a poco, de que somos cada vez menos de lo que creímos alguna vez ser.

Si esta tendencia se mantiene, nuestra importancia podría converger a cero. Y lo más probable es que ese último cálculo ya no lo hagamos nosotros, sino un LLM—podríamos terminar experimentando lo que hace casi un siglo Gardel y Le Pera anticiparon en el tango Cuesta Abajo, “la vergüenza de haber sido, y el dolor de ya no ser.”

*El autor de la columna es investigador principal en Clapes UC

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