Por Sebastián HurtadoChile frente a Trump

Se ha sugerido que las últimas fricciones entre Chile y Argentina guardan relación con las preferencias de Trump, a pesar de que los gobiernos de los tres países comparten trinchera en las grandes batallas ideológicas de nuestro tiempo. El hecho, sin embargo, es que la Argentina de Milei sigue estando más cerca del modelo proteccionista de Trump que de la estrategia liberal implementada en Chile desde el golpe de 1973. Para Argentina no tiene mayor costo ni significa mayor cambio aceptar las nuevas condiciones de Trump. Para Chile, hay mucho más en juego, incluido del TLC suscrito con Estados Unidos en 2003.
Si hubiera relación directa entre la preferencia de Trump y los últimos roces con Argentina, estaríamos en presencia de un giro en la política exterior de Estados Unidos. Desde que se convirtió en el líder del sistema interamericano de defensa, vigente hasta hoy en el olvidado Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) firmado en 1947, Estados Unidos ha ejercido un rol moderador en las relaciones interestatales en América del Sur, tratando de apaciguar ánimos en controversias territoriales y evitar desequilibrios en poder militar. La alteración de esta estrategia podría tener efectos muy nocivos en la región. Desde acá, solo cabe esperar que el aparato de política exterior estadounidense no pierda de vista la importancia de esta dimensión de su rol continental.
En cualquier caso, otras manifestaciones de la nueva doctrina de Trump para el continente apuntan en una dirección inquietante. El Escudo de las Américas y el aumento en el gasto en defensa demandado a los países del continente abren un nuevo camino —o una caja de Pandora-. El TIAR se ha sostenido en parte por lo limitado de su alcance. Lo mismo puede decirse de la política estadounidense sobre transferencia de armas y gasto en defensa en América Latina, que ha privilegiado la preservación del equilibrio regional. Una cosa es enfrentar el narcotráfico en conjunto; otra muy distinta es modificar la arquitectura del sistema regional de defensa en aras de esa colaboración. Sumarse a una iniciativa como el Escudo de las Américas o aumentar irreflexivamente el gasto en defensa implica el riesgo de desestabilizar un sistema que, sin ser perfecto, ha contribuido a preservar la paz y moderar tensiones en el continente. Las razones para cambiar esa inercia deben ser más poderosas y urgentes que las que se han esgrimido hasta ahora.
La relación con Estados Unidos se conducirá por derroteros aún por descubrirse en este nuevo mundo, muy diferente al de 1947 y al de 2003, cuando presidentes demócratas y republicanos creían que la hegemonía de su país se sostenía mejor acomodando algunos de los intereses de sus aliados. Sin embargo, hay una lección que debiera ser desde ya evidente para nuestras autoridades: las afinidades ideológicas—con Trump, Milei, el Foro Madrid, o quien sea— son cimientos muy débiles para la construcción de relaciones exteriores favorables a los intereses del país.
Por Sebastián Hurtado Torres, Instituto de Historia,
U. San Sebastián
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