Por Francisco CorvalánLas emociones detrás de un gol
Expertos explican por qué un triunfo futbolístico, o una derrota desgarradora, puede transformar el comportamiento y desafiar incluso las normas sociales.

No se conocen. Quizás jamás vuelvan a cruzarse. Pero basta un gol para que se abracen llorando en medio de una avenida, salten sobre el techo de un automóvil, o recorran kilómetros solo para llegar hasta la plaza principal de la ciudad. En cuestión de minutos, las diferencias políticas o sociales se suspenden. Por unas horas, millones sienten que ganaron un partido que ninguno jugó.
Las escenas volvieron a repetirse durante este Mundial. En México, miles de personas coparon el Ángel de la Independencia tras la clasificación ante Ecuador, que terminó con manifestaciones e incluso cuatro personas fallecidas. En Paraguay, la victoria sobre Alemania desató caravanas interminables por Asunción, incluso con el día siguiente decretado feriado para seguir festejando.
Son imágenes familiares también para Chile cuando una Plaza Italia se desbordó de gente después de las Copas América de 2015 y 2016, con miles de personas celebrando hasta la madrugada.
¿Qué ocurre para que un resultado deportivo sea capaz de modificar la conducta de las personas? ¿Por qué el fútbol logra sacar a la gente de su rutina y permitir comportamientos que, en cualquier otro contexto, parecerían impensables?
La respuesta no está únicamente en la pasión deportiva.
También involucra procesos sociales profundamente arraigados, mecanismos neuronales asociados a la recompensa y una necesidad ancestral de pertenecer a un grupo.
Para Rodrigo Figueroa, sociólogo del deporte y académico de la Universidad de Chile, los grandes torneos internacionales constituyen mucho más que espectáculos deportivos. “Son espacios relacionales donde se proyectan identidades, emociones y símbolos colectivos. Quienes juegan representan mucho más que un equipo: representan una identidad nacional”, explica.
Según el investigador, esa identificación hoy alcanza una escala inédita gracias a la tecnología. Redes sociales, transmisiones permanentes, estadísticas en tiempo real y contenidos digitales convierten el Mundial en una experiencia compartida prácticamente sin interrupciones.
Esa intensidad ayuda a explicar por qué incluso países que no participan directamente, como Chile en esta edición, siguen involucrándose emocionalmente. “Los niños conocen jugadores de ligas extranjeras, siguen estadísticas, consumen contenido todos los días. El Mundial ya forma parte de una cultura global compartida”, agrega.
Para el sociólogo Luis Gajardo, académico de la U.Central, el fenómeno comienza mucho antes del primer gol. “Nuestra mente procesa una victoria como si también fuera propia”.
Es un mecanismo conocido en psicología social, ya que las personas incorporan ciertos grupos a su propia identidad. Así, el éxito colectivo termina experimentándose como un éxito individual. Pero cuando esa emoción es compartida por cientos de miles de personas ocurre algo adicional. El sociólogo francés Émile Durkheim llamó a ese proceso “efervescencia colectiva”. Momentos extraordinarios donde las normas cotidianas se suspenden y emerge una identidad común. Es parecido a un carnaval, donde disminuyen las distancias sociales y las personas adoptan la identidad del grupo”, explica Gajardo.
En Chile, agrega, el fenómeno tiene una particularidad adicional. “Somos una sociedad históricamente fragmentada, y un triunfo deportivo crea un oasis de igualdad”.
También cambia la forma en que se utiliza la ciudad. “La celebración devuelve el espacio público a las personas. Una sociedad acostumbrada a vivir puertas adentro vuelve a encontrarse en plazas y calles”.
La química del gol
También hay algo que ocurre dentro del cerebro. Para Verónica Pantoja, directora del Magíster en Neurociencias de la Educación de la Universidad Mayor, el cerebro interpreta un partido como una experiencia cargada de identidad, pertenencia e historia familiar. “Cuando el equipo gana, se activan los circuitos de recompensa y se libera dopamina, el neurotransmisor asociado al placer”.
Esa descarga química explica la euforia que acompaña el deseo de seguir celebrando. Sin embargo, la especialista advierte que las emociones se contagian socialmente. “Cuando vemos a otros celebrar, nuestro cerebro sincroniza esas respuestas mediante mecanismos como las neuronas espejo. La alegría literalmente se multiplica”, detalla.
Ese contagio emocional explica por qué una multitud puede terminar actuando casi como un solo organismo. Pero existe un matiz importante. La emoción es automática; la conducta no, que depende de la capacidad de autorregulación”. Factores como la educación emocional, el consumo de alcohol, la personalidad y el contexto pueden hacer que esa euforia derive simplemente en abrazos y cantos, o en episodios de violencia y vandalismo. Cuando la responsabilidad individual se diluye dentro del grupo, explica Pantoja, algunas personas hacen cosas que jamás realizarían estando solas.
Galeano escribió que al terminar un partido “el estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad (...) y el domingo es melancólico como un miércoles de cenizas después de la muerte del carnaval”. La neurociencia y la sociología confirma que esa sensación va más allá de la metáfora.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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