Por Jaime BaylyEl espía masón: un relato de Jaime Bayly
La última vez que visité la ciudad de Panamá llegué en el avión de Shakira, invitado por ella. Despegamos de Miami. Durante el vuelo, de pronto el avión se oscureció del todo. Las luces se apagaron súbitamente y pareció que uno de los motores se había apagado también. Los pasajeros nos miramos, consternados. Pensé que morir al lado de Shakira sería un final de cierta belleza literaria. Nadie dijo una palabra. Fue el minuto más largo de mi vida.

He llegado de noche a ciudad de Panamá. Un hombre llamado Edmundo me espera en el aeropuerto. No recuerdo su rostro. No sé a qué se dedica. Creo que es un espía.
Edmundo se ha enterado de que yo llegaría a Panamá para presentarme en la feria del libro. Me ha escrito un correo electrónico. Me ha dicho que hace años visitó mi programa de televisión en Miami. Me ha mandado fotos de aquel encuentro. Me ha pedido que le conceda el honor de buscarme en el aeropuerto. Quiere llevarme al hotel e invitarme a cenar esa noche. Mi esposa me dice que es un riesgo subir al auto de Edmundo sin saber quién es Edmundo. Yo decido correr el riesgo. Puede que sea un lector o un espectador. Puede que sea un espía amigo o enemigo. Puede que quiera secuestrarme o envenenarme.
La última vez que visité la ciudad de Panamá llegué en el avión de Shakira, invitado por ella. Despegamos de Miami. Durante el vuelo, de pronto el avión se oscureció del todo. Las luces se apagaron súbitamente y pareció que uno de los motores se había apagado también. Los pasajeros nos miramos, consternados. Pensé que morir al lado de Shakira sería un final de cierta belleza literaria. Nadie dijo una palabra. Fue el minuto más largo de mi vida. Luego se encendieron las luces y quizás también el motor averiado y pasó el susto.
En aquella ocasión Shakira había citado en Playa Bonita, Panamá, a unos magnates y unos artistas, todos amigos suyos, para donar dinero a favor de los niños pobres. Yo no era magnate ni artista. Acudí en condición de amigo de Shakira. Sin embargo, no era su amigo. Estaba enamorado de ella, perdidamente enamorado de ella. La miraba embrujado como una mariquita posada sobre una hoja marchita miraría el aleteo grácil de una mariposa monarca. Tantos años después, sigo enamorado de ella. Sigo pensando que es una mariposa dorada, una bella mariposa inmortal, y yo una mariquita que quisiera volar como ella.
He regresado a Panamá para presentarme en la feria del libro. Nadie me ha invitado, yo mismo me ocupé de convidarme. Nadie me espera, salvo Edmundo. No me espera mi hermano Manuel, quien vive en esa ciudad. No lo veo hace años. No recuerdo por qué nos peleamos. Seguramente nos distanciamos por algo indelicado que escribí. Tengo tantos enemigos que no recuerdo por qué me he peleado con todos ellos. Me gustaría ver a Manuel. Se ha casado, ha tenido hijos, es un hombre de éxito, ama a su familia, posee una vasta fortuna. Ha elegido vivir en Panamá por razones tributarias. No tiene que pagar impuestos sobre los ingresos que percibe en el resto del mundo. Al ser un inversionista sagaz en Wall Street, y no ser residente fiscal en los Estados Unidos, todo lo que gana en sus avezadas operaciones bursátiles está exento de impuestos en Panamá.
En la feria del libro me han asignado un salón para seiscientas personas. Tengo pavor de que no vaya nadie, salvo Edmundo. Creo que es un espía. Desde el vuelo a Panamá, le escribo un correo, preguntándole a qué se dedica. Responde sin demora. Es venezolano. Es inversionista individual. Como mi hermano Manuel, tiene un portafolio en Wall Street. No paga impuestos en Panamá sobre aquellas ganancias de capital. Aún no ha cumplido cuarenta años y ya es rico. Posee un yate y una aeronave para ocho pasajeros. Sabe pilotear su avión. Vuela con frecuencia. Le gustan las mujeres, pero no tiene esposa ni novia. Tiene amantes de ocasión.
Edmundo me recibe con un abrazo en el aeropuerto. No recordaba su rostro. Caminamos a su camioneta. Sin que se lo pida, apaga el aire acondicionado. Por lo visto, conoce mis mañas. Rumbo al hotel, le cuento que mi hermano Manuel vive en ciudad de Panamá, pero no tengo su teléfono ni su dirección. Edmundo me dice que conseguirá esa información. En el hotel me registro deprisa, dejo mis cosas en la habitación y salimos a cenar. Edmundo ha reservado en un italiano. Nos acomodan en el salón privado. Yo pido un jugo de maracuyá y, para mi sorpresa, él tampoco pide alcohol, prefiere agua. Me mira a los ojos como si quisiera leerme el alma, como si pudiera leerme el alma. Me da miedo la mirada penetrante de ese hombre. Creo que es un espía. No sé si es un espía amigo o enemigo.
No soy yo quien gobierna la conversación. Edmundo habla, yo escucho. Me habla de sus padres, de su hermano. Su padre está retirado, vive en Buenos Aires, Edmundo vuela en su avión con cierta frecuencia, aterriza en el aeropuerto de San Fernando y visita a su padre en la casa que este tiene en Pilar. Su madre vive en Medellín, Edmundo la mantiene con todos los mimos y engreimientos, vuela a esa ciudad cada mes para acompañarla unos días. Por último, me cuenta que acaba de perder a un hermano que vivía en Nueva York y murió de una sobredosis de opioides. De pronto está llorando. Mis sentidas condolencias, le digo.
Edmundo me invita al brunch del hotel Santa María el domingo a mediodía. No será posible, le digo. Es el mejor brunch de la ciudad, insiste. A esa hora yo duermo, le digo. Pero lo sirven hasta las dos de la tarde, porfía él. Yo duermo hasta las tres, le digo. Edmundo piensa que estoy bromeando. No estoy bromeando. Yo duermo de tres de la mañana a tres de la tarde, dondequiera que esté. Tomo mis pastillas a medianoche, me duermo tres horas después y luego despierto cada dos horas, tomo fracciones de pastillas, minúsculas porciones de pastillas, la quinta o la sexta parte de cada pastilla, y sigo durmiendo hasta las tres de la tarde. Cuando finalmente despierto, no siempre recuerdo dónde estoy. Al despertar por la tarde en ciudad de Panamá, y oír los ruidos incesantes del tráfico vehicular, he creído que estaba en Santo Domingo, tal vez porque pronto viajaré a esa ciudad.
Tras retirarnos del restaurante pasada la medianoche, Edmundo me sorprende. De pronto toma una ruta extraña y dice que va a darme un paseo por la ciudad. No me pregunta si estoy fatigado, si deseo dar el paseo. Me lo comunica, me informa de su decisión. Estupendo, le digo, pero en realidad estoy cansado y quiero volver al hotel. Mientras conduce lentamente su camioneta, Edmundo me pregunta qué pienso de los masones, de la masonería. Le digo la verdad: no tengo amigos masones, pero no tengo nada contra los masones, no tengo ningún prejuicio contra la masonería. Yo soy masón, me dice Edmundo, mirándome a los ojos. Maestro masón, añade, con orgullo. Hombre, te felicito, le digo, y al mismo tiempo pienso es espía, es masón y va a matarme esta noche. Luego Edmundo me cuenta cómo se hizo masón, por qué es masón, cuánto le cuesta anualmente ser masón, dónde se reúne con sus hermanos masones. Le pregunto por qué le conviene ser masón, qué gana siendo masón. Me dice: no es una religión, es una filosofía, me ayuda a convertir mi cuerpo en un templo interior y a combatir los vicios y las bajas pasiones. Comprendo, le digo, y guardo silencio, al tiempo que me pregunto cuáles serán las bajas pasiones que Edmundo quiere reprimir. Poco después me pregunta si deseo acompañarlo a una reunión en el templo masón. Quizás más adelante, le digo. Luego me permito una broma: en mi caso, la mejor manera de combatir los vicios es entregándome a ellos. Edmundo no sonríe, no le ha gustado que me declare vicioso. Le pregunto cuáles son los requisitos para ser aceptado en la logia masónica. No ser ateo, responde. Yo soy agnóstico, le digo. Ya lo sé, dice Edmundo, que parece saber de mi vida más que yo mismo.
Poco después, dando vueltas por unas calles oscuras, en medio de un barrio desangelado, yo preguntándome por qué Edmundo tarda tanto en llevarme al hotel, me dice, mirándome a los ojos: me he perdido. Siento un golpe repentino de miedo, un ramalazo de angustia. Le sugiero que use internet para encontrar la ruta al hotel. Me dice: no, me he perdido a propósito porque mis jefes en Caracas me han encomendado la misión de secuestrarte. Siento de pronto un viento helado en el corazón, un sudor frío en la espalda. Estoy jodido, pienso, es un espía enemigo, cómo diablos se me ocurrió subirme a su camioneta. Pero Edmundo se ríe y me dice no te asustes, estoy bromeando. Quince minutos después, me deja en el hotel. Al despedirse, me regala un sombrero panameño y me dice al oído: serás feliz cuando te atrevas a ser masón.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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